miércoles, 16 de marzo de 2011

EXHIBICIONES PUDIENTES


En cierta ocasión, rodeado de auxiliares de vuelo, me convertí en el rey de la fiesta cuando solté este clásico refrán: no pidas a quien pidió ni sirvas a quien sirvió. Se pasaron el resto de la velada dando ejemplos prácticos que confirmaban o desmentían el planteamiento.
Ese que va con el lagartín en la pechera o aquella que voltea el pañuelo para que las siglas de una marca exclusiva aparezcan con claridad en el nudo, o el que se compró un coche fantástico y descapotable para exhibirse los domingos, porque no me dirán que es para ver mejor el mundo sobre sus cabezas, o para refrescarse las ideas, para eso es suficiente el aire acondicionado de serie. No se trata de la calidad, son pequeños o grandes símbolos de status necesarios para reafirmarse, para gritar con ganas que ya llegaron al jardín de los elegidos y tienen que enseñar la flor.
Pero desde su celda, Hannibal Lecter ya le explicó la vida a la tierna Clarisse con crueldad certera: sólo dos generaciones separaban del hambre a la ambiciosa agente del FBI que acudía a visitar al psicópata con un bolso caro y unos zapatos baratos.
Decía Rousseau que la sociedad se reproduce. Si lo simplificamos, es mucho más probable que el hijo de un abogado acabe siendo abogado a que sea electricista, y viceversa. Por suerte, hay alteraciones. De esta forma volvemos al principio de este texto.
Desde una perspectiva aventajada las azafatas y azafatos le sirven el café a ejecutivos de multinacionales, políticos, turistas sexuales, actores famosos o de capa caída, jefes de estado, traficantes de todo tipo, diplomáticos, veraneantes a crédito, pero es especialmente en las zonas reservadas a los pasajeros más pudientes donde se descubre la catadura de los individuos, la clase con que tratan al prójimo o se desenvuelven con el personal a su disposición.
No es una cuestión de pasta, resumen. Cuando te pones a recoger es fácil que descubras que uno de esos tíos que salen en las revistas entre los más adinerados del mundo se ha llevado los cubiertos, el vaso y el chaleco salvavidas.
Procuré tapar el nombre de hotel que figuraba en el borde del cenicero.


Publicado en El Comercio

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