Mientras piensas
en la ficción que vas a elaborar en cuanto llegues a casa puedes deambular
ausente por la calles o flotar por los pasillos sin ver a nadie al final, los
problemas reales están muy lejos de esta burbuja maravillosa. Todo tu cuerpo
está concentrado en ese proceso: el
desarrollo de la idea, palabras escogidas con precisión, imágenes poderosas o
sutiles; cómo disponerlo todo de la manera más adecuada; qué peso ha de tener
esto o lo otro; cómo expresar esa idea sin que llegue a explotar hasta el
momento adecuado; tono, estructura, trama, punto de vista... Qué fantástico
este recipiente para huir del mundo y zambullirse en el proceso creativo: una
pecera donde existen límites pero apenas se distinguen, por ser esféricos
-circulares, de alguna manera infinitos- y transparentes, lentes entre la
ficción verosímil que estás creando y la realidad omnipresente pero borrosa,
cercana pero impalpable. Te sientes a salvo, inconsciente de las miradas ajenas
que te ven con toda claridad.
Para poder dedicar una atención
plena a ese proceso creativo es necesario que todo lo demás sea accesorio. Tal
vez seas un afortunado como Marcel Proust o Lope de Vega -ya en sus tiempos de
gloria- y no haya nada que perturbe tu burbuja mientras escribes durante horas
y horas. Sólo aparecerán los sirvientes adecuados cuando tengas alguna
necesidad o deseo que satisfacer. Aunque la mayoría de los que exigen esa
propia bola se mueven en un término medio.

Casos extremos de esta necesidad de
la ficción nos llevan a la enajenación mental y la escafandra perpetua. Eso sí
que es estar a tu bola.
Publicado en El Comercio
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