
Una vez más se ponía de manifiesto que la realidad, por esencial capricho, siempre logrará historias mejores que las que puedan surgir del esfuerzo de una mente arriesgada o la imaginación más exuberante. El azar que rige nuestra realidad es el mejor escritor de ficción porque ni siquiera tiene que ser verosímil, no está sujeto a esos filtros o limitaciones personales, sencillamente los hechos se producen.
Podríamos preguntarnos quién era el autor del texto que salvó la vida del lector, de qué trataba, si era un tema de gran altura intelectual o el más indecente cotilleo, continuaríamos recreando el suceso para adornar la anécdota y darle brillos... Como sea, hay algo inalterable en esa situación: la palabra escrita influyó en la vida del lector más allá del puro entretenimiento o deseo de información, no es que agitara su conciencia tras el puro acto de lectura mecánica e interpretación del mensaje, no es que almacenara el texto jugoso en su memoria para luego comentarlo con sus amigos, o para utilizarlo en su trabajo, lo que leyó aquel hombre en aquel preciso instante cambió su realidad por completo, le salvó la vida.
Pero, a pesar de que en este drama con final feliz la forma y fondo del texto salvador no tienen la menor importancia, uno no puede dejar de preguntarse qué podemos escribir lo suficientemente interesante para que los lectores lleguen a olvidar por un momento sus necesidades vitales y, de alguna manera, darles más vida.
Publicado en El Comercio
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