viernes, 22 de junio de 2012

SABER OÍR

Para ponerse a escribir no sólo hay que leer, hay que ser un gran oidor, y no me refiero con esto a Momo, inolvidable personaje de Michael Ende. Llevar conversaciones reales al papel o hacer que los diálogos escritos parezcan furtivas grabaciones hechas en bares, colas del supermercado, calabozos, alcobas o ascensores, es algo que está al alcance de pocos escritores, entre otras cosas porque en muchas ocasiones ni al autor ni al lector les preocupa esa cuestión. Eso sí, otros consideran esta una de las bases de la literatura.
    Iba camino de una magnífica exposición en el Reina Sofía cuando subieron dos chavales. Durante nuestro trayecto compartido en metro, su intercambio de palabras era algo así: joder, tío. ya te digo, joder. vaya mierda. ya te digo. joder, tío, dios. ya, tío, joder, qué mierda. ya te digo.
    Bajé en mi parada sin que nada me diera a entender qué tragedia atribulaba a los dos jóvenes de limitado vocabulario aquella subterránea mañana de julio. Lo cierto es, y esto puede parecerles sorprendente o pura evidencia, que aquellos chicos estaban manteniendo una conversación, intercambiando información; y el resto del mundo no lo entendía porque utilizaran un dialecto, una jerga profesional o un castellano lejano: era un lenguaje propio e inasequible para la mayoría de los oyentes, pero que existía, un intercambio de pareceres que sólo ellos podían interpretar. Algo parecido a ese argot de amigos, cómplices o amantes que se crea fortuitamente o de forma deliberada, para pasarse mensajes discretamente ante oídos forasteros.
    Tener oídos dispuestos no nos iguala a Joyce, García Hortelano, Céline o Manuel Rivas, aunque también nos gusten los macarrones. En la vida real –lejos de escritores más dispuestos a escuchar su propia cháchara elaborada que a disfrutar descubriendo los ruidos del silencio o las palabras de los otros– el que sabe oír y callar suele ser amigo fiel, barman confesor sin penitencia, excepción en todo caso, aunque el saber popular nos recuerde que somos dueños de lo que callamos y esclavos de lo que decimos.
Publicado en El Comercio

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hum... tal vez las infinitas recombinaciones posibles de "mierda", "joder" y "tío", al igual que el lenguaje binario y el morse, puedan dar lugar a un texto sumamente complejo. O sea, que estaban analizando en su propio lenguaje los más sutiles conceptos del arte moderno, y tú sin darte cuenta.

Ton dijo...

Buena idea. Es más, seguro que se trataba de un lenguaje "trinario"...