Como aquella señora que decía: yo alguna vez me planteé escribir un libro pero leía a García Márquez — aquella prosa, aquellos párrafos, aquella novela— y el desafío me parecía tan inabordable que nunca me planteé la aventura; así evité la derrota.
O cuando el comodoro Enterría afirmaba que después de Garcilaso ya no había nada que decir, para qué tanta retórica, poética, desvelos sin sentido. Llevó este ideal a un examen de oposiciones, cuando el tema que le tocó desarrollar fue El Romanticismo respondió: los poetas del XIX no aportaron nada nuevo a la literatura en castellano, por tanto me remito a Garcilaso de la Vega, escritor, guerrero y espía, nacido en Toledo en 1503, cuya obra, bla, bla, bla.
Si a todos nos apabullara tanto, o tuviéramos tal capacidad para reverenciar lo ya escrito, desde los orígenes de la humanidad, no habría nada más que signos en las cavernas, vulvas y penes en una pared de Tito Bustillo.
Gabriel García Márquez se levantaba a las ocho de la mañana, se ponía un mono azul de obrero y se lanzaba sobre su máquina de escribir para trabajar hasta las cuatro de la tarde; luego tendría que vender su coche para poder mantenerse económicamente y aún así vivir de prestado, hasta que fue capaz de hacer su apuesta, un texto que en su primer momento resultó insólito y fue rechazado por unas cuantas editoriales, pero que al final se impuso como es bien sabido. No tengo claro si ese detalle del mono es muy proletario o muy pop (también Mao Zedong fue motivo de varios cuadros de Andy Warhol), lo indudable es que Gabo, el futuro premio Nobel, estaba seguro de tener algo que contar y sabía cómo hacerlo. Cien años de soledad está ahí para todo el que quiera comprobar si aquel esfuerzo mereció la pena.

Quien no tiene algo que decir no es consciente de su fortuna.
Lo difícil es contar.
Publicado en El Comercio
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