Es
fácil evadir responsabilidades ante un trabajo en grupo, más aún
cuando puedes hacer gestiones no especializadas como comprar
siguiendo una lista. Pero no olvidemos que al final siempre habrá un
par de personas que lleven el peso creativo, y sólo depende de sus
artes el que, con las viandas dispuestas, hagan sencillamente de
comer o realmente cocinen. Sabemos distinguir la diferencia.

La
noche es magnífica para quien se quiera escaquear pero uno nunca
deja de ser cocinero, de distinguir que la carne es de gran calidad
pero sólo alguien con buena mano sabe darle ese punto de excelencia.
Por eso se hace imprescindible un acercamiento a la parrilla
manipulada por dos hermanos, Nino y Pablo. Me explican los secretos
de cocinar en la barbacoa.
Esto
es fácil, pones lo necesario, compruebas el calor y ya está. Y lo
hacen, ante mis ojos, que no lo ven tan fácil.
Cuenta
Pablo –hablando de manjares– que lo que come en casa de
su madre
suele ser cena en casa de su hermano, o al revés. Nino, el hermano
mayor, lo explica un poco más: aprendió a guisar de su madre y,
aunque se pase meses sin verla, a la hora de cocinar es fácil que
hagan los mismos platos el mismo día.
¿Qué
transmisión de madre a hijo es esta? ¿Una cuestión de costumbres
que no podemos comprender? ¿Una misteriosa conexión entre
condiciones naturales e ingredientes en un código que sólo ellos
saben interpretar?
El
erudito pretenderá dar explicaciones alegando menús semanales
marcados por dietas o racionamientos de posguerra. Estos
materialistas también son útiles en una barbacoa bajo la luna, como
combustible.
Publicado en El Comercio
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