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miércoles, 9 de mayo de 2012

DASHIELL HAMMETT


Que quede claro, damas y caballeros lectores, si ustedes no tienen en su biblioteca, sea pública o privada, Cosecha roja, La maldición de los Dain y El halcón maltés, no podrán salir de aquí. Lo que tengo en las manos es un arma y no dudaré en usarla.
Así me gusta, quietecitos.
Ustedes habrán visto cine, saben lo que es una película del género negro. De crímenes, intriga, violencia y todo eso. ¿Verdad? ¿O es que hay alguno que no sepa de lo que estoy hablando? Que levante la mano el que no lo sabe... Muy bien, todos sabios.
Ya sé que hacemos esto porque hace 50 años que nos dejó el viejo Dash, pero ¿hay algún admirador de Raymond Chandler? Vamos, hago un gimlet de miedo. ¿Ningún valiente? Uno... dos más... Vengan aquí, tipos duros. Sin miedo. Pónganse en fila contra ese paredón. No, tranquilos, estoy apuntando a otra cosa. Creo necesario decirles unas palabras antes de proceder.
Dashiell Hammett es el inventor de la novela negra. Quietos ahí, contra el muro, el que diga una sola palabra tendrá plomo. Dejen que les cuente de quién estoy hablando, un tipo de Maryland, que vino a morir a Nueva York, luchó por su país en las dos guerras mundiales, fue detective de la Pinkerton, pero no quiso ser delator. Por eso metieron en la cárcel a este americano de izquierdas que supo como nadie utilizar un lenguaje cortante para diseccionar la sociedad de su tiempo, la misma de siempre, con su doble moral, corrupción, dinero todopoderoso, cinismo necesario para la supervivencia y personajes de una pieza a pesar de todo.
           Un hombre debe mantener su palabra, dijo antes de entrar en la cárcel por no traicionar a sus amigos. El sistema tenía que vengarse de él de la única manera que podía hacerlo: Hacienda todavía le acosaba cuando murió arruinado a los 65 años. Pero ya había dejado su huella en la historia, un puñado de libros publicados en apenas nueve años, luego una vida de escritura sin final. Para ser un hombre honesto hay que empezar por uno mismo.
Y ahora, lean. Corran al estante, a la librería o a la biblioteca. No olviden que sigo apuntándoles con esta arma.

Publicado en El Comercio

domingo, 31 de julio de 2011

PIPPI SALANDER


Hace unos años, el lector de superventas que entraba en los lavabos de un bar y se encontraba la puerta cerrada sabía que detrás se escondía un cátaro o un templario, como mínimo un masón realizando oscuros rituales; los libros más vendidos ya habían descubierto todos sus secretos, por mucho que el oscuro individuo saliera luego al son de la cisterna con cara de alivio y ligera embriaguez.
  Últimamente, los hombros de cualquier habitante de las playas estaban bien desarrollados después de acarrear cualquiera de los tres libros que conforman un éxito editorial que sigue imponiéndose: Millenium, la trilogía del escritor sueco Stieg Larsson.
Celebro que los gustos hayan cambiado. Aquellas novelas de códigos ocultos y conspiraciones mundiales por doquier albergaban situaciones tan verosímiles y bien documentadas como esa en la que un discreto personaje —gigante albino con traje de monje que pasaba totalmente desapercibido por los centros comerciales— se escapaba de una prisión de alta seguridad ¡de Andorra! (ya saben ese principado tan bien conocido por sus penitenciarías).
Las de Larsson son novelas negras actuales con tramas muy trabajadas y personajes construidos con virtuosismo de fumador empedernido. No sé si la cabeza de Larsson engendró antes a Lisbeth Salander o todo lo demás, pero sin duda esa heroína atípica devora al resto de caracteres. En realidad Lisbeth es una Pippi Calzaslargas adulta.
En los libros de los años setenta el personaje de Astrid Lindgren que popularizó la tele se llamaba Pippa, (por cierto, otro título de esta autora es El detective Blomquist, ¿les suena de algo?). Siguiendo con obvios suecos, es imprescindible mencionar a Henning Mankell y su Wallander y recordar a Lars Gustafsson (El tercer enroque de Bernard Foy, por ejemplo).
Stieg Larsson murió porque no funcionaba el ascensor, cuando subía las escaleras su corazón de fumador recalcitrante no pudo aguantar, se paró antes de llegar al piso superior, donde la fama internacional abrió la puerta ya tarde para él, a tiempo para los lectores.

Publicado en El Comercio

miércoles, 3 de noviembre de 2010

FAMA


El público ya no sabe dónde acaba el cuadrilátero, ni los luchadores tienen idea de lo que es una defensa francesa o mantener la media distancia. Las reglas del marqués de Queensberry les son tan ajenas como un posible árbitro en su contienda y no tienen sonoros apodos como Bruce Seldon, el Expreso de Atlantic City. Ni siquiera luchan por llevarse una buena bolsa o por unificar su campeonato, no están en forma, no hacen sombra, dan golpes por debajo de la cinturilla, por encima del chubasquero, por donde pueden; simplemente se enfrentan físicamente uno contra otro y no lo hacen por la gloria o por amor, es pura rabia forjada en la frustración, el fiasco, los naufragios personales.
Con una situación semejante podríamos empezar una novela negra al estilo Luces de Hollywood de Horace McCoy, un paseo por la desvirtuación de los sueños de fama. Pero cuesta trabajo encajar estos golpes cuando no tienen lugar en un callejón de Los Ángeles sino en un patio de colegio español. Aunque no son niños los que se enfrentan, son los padres que estaban viendo el partido desde la banda, aquellos que gritaban las consignas a sus retoños, a los otros hijos, a los enemigos, al entrenador, al mundo, a ti que estás aquí cerca y no tienes ni idea, cretino, zorrocloco. ¿Estás hablando conmigo? Porque no veo a nadie más por aquí, iconoclasta. Ding, empieza el combate.
Tal vez sea inevitable que los padres quieran realizarse a través de los hijos o, cuando menos, que intenten evitar los mismos errores en sus pequeños para perfeccionar la estirpe y dar un nuevo paso en la evolución de las especies. Pero ¿cómo llegamos a creer que lo mejor para nuestros hijos es cantar en Eurovisión o salir en un anuncio haciendo malabarismos con un balón mientras se comen las natillas? ¿Será que soñábamos con ser Massiel o Maradona?
Contemplaba aquel combate sin reglas desde el otro extremo del patio, mientras mi hijo y otros como él poco deportistas jugaban a las canicas o a la “de-ese”, que no es la de-otro, es una consola de videojuegos para virtualizar los puñetazos y ser Batman o Indiana Jones por minutos. Me sentía ajeno a aquella discordia mal llevada. Los niños tienen que hacer deporte para divertirse, conocer reglas y descubrir las ventajas del trabajo en equipo.
Y, por supuesto, me conformo con lo necesario, no pido más que mis descendientes estén sanos y fuertes, que sean famosos, multimillonarios y me paguen las deudas para poder vivir del cuento de una puñetera vez. Y como alguien se ponga delante, va a saber quién es el Cercanías de Sotrondio. Ding.