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miércoles, 21 de septiembre de 2011

LECTOR POR VENTURA


Hace años me contaba cierto albañil una de sus aventuras laborales: haciendo la reforma de un piso, en el baño, el suelo cedió y fueron a parar a la vivienda del vecino de abajo. Cuando yacían entre escombros, punzantes espejos rotos y tazas de váter nuevecitas recién partidas, comprobando si todos los huesos seguían en su sitio y las heridas no eran graves, apareció el dueño de la casa por el pasillo, en bata y zapatillas, aún marcando con su dedo índice la página del periódico que estaba leyendo, mientras decía: hace un rato que pensaba venir al baño, pero empecé a leer este artículo tan interesante...
Una vez más se ponía de manifiesto que la realidad, por esencial capricho, siempre logrará historias mejores que las que puedan surgir del esfuerzo de una mente arriesgada o la imaginación más exuberante. El azar que rige nuestra realidad es el mejor escritor de ficción porque ni siquiera tiene que ser verosímil, no está sujeto a esos filtros o limitaciones personales, sencillamente los hechos se producen.
Podríamos preguntarnos quién era el autor del texto que salvó la vida del lector, de qué trataba, si era un tema de gran altura intelectual o el más indecente cotilleo, continuaríamos recreando el suceso para adornar la anécdota y darle brillos... Como sea, hay algo inalterable en esa situación: la palabra escrita influyó en la vida del lector más allá del puro entretenimiento o deseo de información, no es que agitara su conciencia tras el puro acto de lectura mecánica e interpretación del mensaje, no es que almacenara el texto jugoso en su memoria para luego comentarlo con sus amigos, o para utilizarlo en su trabajo, lo que leyó aquel hombre en aquel preciso instante cambió su realidad por completo, le salvó la vida.
             Pero, a pesar de que en este drama con final feliz la forma y fondo del texto salvador no tienen la menor importancia, uno no puede dejar de preguntarse qué podemos escribir lo suficientemente interesante para que los lectores lleguen a olvidar por un momento sus necesidades vitales y, de alguna manera, darles más vida.

Publicado en El Comercio

jueves, 7 de abril de 2011

FIN DEL MUNDO


Un día caminas por ahí casi vacío y presencias la fragilidad del destino: ese barbudo que sale de una oficina mirando hacia adentro y la rizosa que camina por el pasillo con un frágil vaso de plástico que probablemente contenga café —pero no descartemos el lingotazo escocés de media mañana—, lo estás viendo, van a chocar; puedes incluso pensar que es evitable, tienes el grito en el fondo de los pulmones, la idea en los bordes de la lengua, no llegas a calibrar el tono de voz ni la nota que vas a emitir, no puedes llegar a decir nada. La catástrofe prevista se cumple ante tus ojos.
El líquido salta en el aire durante unos instantes pretendiendo evitar la ley de la gravedad, el gesto de sorpresa precede al de alejamiento imposible, mientras el café —al fin reconoces ese característico marrón oscuro— se deposita cándidamente sobre la mujer de boca abierta ante la mirada enajenada del trastabillante. Lo habías imaginado con toda certeza pero no has podido evitarlo. Palabras de disculpa sinceras, gentileza que tal vez se torne en rabia y odio después de tres lavados inútiles, palmaditas en la espalda y aquí no ha pasado nada.
La previsión fue certera, no era difícil, no te jugabas nada. Pero a veces son los sentimientos los que nublan el entendimiento: el deseo de gol nos hace verlo y cantarlo antes de que el balón se estrelle en el larguero que tiembla mientras retumba el estadio porque otros comparten tu opinión. Las rutinas y los prejuicios, árboles habituales ante la nariz que impiden descubrir si estamos en el bosque o se nos cae un tronco encima, acaban con el buen funcionamiento de la lógica.
También es cierto que a veces no está en nuestras manos, el destino, digo, pero ya que esta semana las líneas han optado por tornarse consultorio de autoayuda, ¿a ti qué te importa el destino mientras lo tuyo esté resuelto? Camina espectador por el pasillo y que el mundo reviente, seas indigente o estadista, la catástrofe es necesaria, la fragilidad, el detergente, por eso los lápices llevan una goma de borrar en el cogote, occipucio o colodrillo. ¡Grrrrtfx!, que diría Ibáñez.

Publicado en El Comercio