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miércoles, 8 de mayo de 2013

COMIENDO Y APRENDIENDO

En una de esas reuniones de viejos amigos, en las que es difícil intercambiar más de dos frases antes de tener que llamar al orden a alguno de los niños que se han multiplicado con los años, planteaba su caso una amiga desesperada que había estado haciendo un trabajo agotador durante meses, dejándose crecer las ojeras mientras le robaba horas al sueño, para encontrarse al final, justo en el momento adecuado, con que uno de sus compañeros explicaba a los jefes los triunfos conseguidos y se llevaba las medallas.
            Lo bueno de juntarse tantas personas es que siempre hay quien está dispuesto a dar réplica o consejo a quien lo necesite. Lo difícil es que esa persona te toque al lado, porque al final uno acaba hablando con los dos o tres comensales más cercanos y no hay oportunidad de trabar conversación con ese viejo camarada al que hace años que no ves en persona.
            Conmigo tuvo mala suerte, odio dar consejos; su novio, sin embargo, parecía muy dispuesto a intervenir. Empezó más o menos así:
            Ya decía José de San Martín que la conciencia puede ser el mejor juez que tenga un hombre de bien, pero la conciencia es contradictoria y el bien, interpretable; por eso hacen falta la
condena, el castigo, la colonia penitenciaria y todo el kafkiano sistema...
            Con consejeros cercanos de esa calaña era fácil entender la desesperación de nuestra vieja amiga. Por suerte, una mujer práctica estaba lo suficientemente cerca para dar otra opinión.
            Mira chica, hay dos maneras de ascender, dos perfiles de trabajador con posibles: los currantes y los figurantes. Los currantes trabajan más que nadie, dejan a los demás a la altura del betún y esperan el reconocimiento merecido, no tienen por qué ser especialmente brillantes, el tesón es su mejor arma. Los figurantes esperan el trabajo de los demás para presentarlo como propio, tienen desarrollada la capacidad para aprovechar cualquier ocasión en su favor, y mejor aún si ponen en falta a los demás. Espera otra oportunidad y asegúrate del grupo en el que estás, tú y los que están a tu alrededor.
            Comiendo y aprendiendo, oiga.

Publicado en El Comercio

miércoles, 18 de abril de 2012

MITOS HUMANOS


El diccionario de la RAE define “morbo” como el interés malsano por personas o cosas, y también como la atracción hacia acontecimientos desagradables. Tal vez esta definición es demasiado breve o es que “morbo” no es el término adecuado para esa atracción por la muerte del mito.
            James Dean o Marylin Monroe para el cine; Mozart o Janis Joplin para la música; John Kennedy Toole sin publicar su novela; Franz Kafka pretendiendo el olvido (menos mal que hay amigos traidores como Max Brod)... Todos conocemos a los mitos que murieron antes de tiempo. Los hay muy populares y otros de andar por casa: lo importante es que para algunas personas esos seres humanos tienen un significado fuera de lo comprensible o lógico para los demás. Acudiendo de nuevo a nuestro mítico diccionario RAE: persona o cosa a las que se atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen, eso es un mito. Y como somos humanos tenemos debilidades sobre las que la sociedad, de una u otra manera, nos exige cierto control. Por eso queremos saber de las debilidades de los mitos, su parte más terrenal, para sentir que no están tan lejos de nosotros, ni nosotros tan lejos de su estado de gloria. Luego llega ese chaval que se quiere suicidar a los 27 si no es capaz de tocar la guitarra como Jimi Hendrix, uno que escribe de sus borracheras emulando a Bukowski,  otro que viaja a Méjjico para probar el peyote en plan Jim Morrison o los que se suicidaron imitando a Kurt Kobain o por la muerte de Rodofo Valentino.
            La industria musical y cinematográfica ha sacado buen provecho de esos mitos humanizados hasta morir en plena juventud, de hecho algunos de ellos ni siquiera habrían sido recordados si no fuera por esa muerte temprana. También hubo mitos que tomaron el camino del exceso y fallecieron -o lo harán- de viejos, pero estos no parecen tan relevantes para un público dispuesto a consumir los restos del héroe: la muerte a destiempo del mito es la forma de consagrarlo. No olviden que algunos llevan siglos de ventaja en este negocio: sólo necesitaron dos maderos y tres clavos.

Publicado en El Comercio

miércoles, 18 de mayo de 2011

BOSTEZO


Se sentó al borde de la cama, sintió el frío. Abrió la boca y no pudo evitar coger un poco más de aire, entonces sí que empezó a abrir las fauces de verdad. Los sonidos se fueron apagando mientras las mandíbulas se separaban; sintió cómo se tensaban todos los músculos y tendones de su cara, la boca se llenaba de saliva, los ojos se cerraban ajenos a su voluntad dejando escapar lágrimas sin añoranza de la cama probablemente tibia y posiblemente caliente. No fue consciente de levantar los brazos y extenderlos a uno y otro lado todo cuanto le era posible, con los puños bien apretados.
         Decidió ampliar el bostezo un poco más y siguió abriendo la boca hasta sentir que su barbilla hacía tope en el pecho. Luego siguió hacia arriba, monstruosamente: sus dientes se separaban y el paladar se extendía sin dolor hacia atrás; la carne cálida y salivada se desplazaba sobre su rostro, recorría su cabeza; sintió un cosquilleo al atravesar su espalda hasta llegar al colchón. Por delante, el labio inferior tembloroso ya había llegado al suelo manteniendo su tensión de bostezo. Sintió miedo del regreso porque sabía de los instintos y, al perder concentración, aquel magnífico ejercicio muscular se convirtió en una situación embarazosa.
        Su boca se había cerrado sobre sí misma convirtiéndole en una pelota de carne y mucosa salivada que rodaba por la habitación. Ni siquiera era consciente del aspecto que podrían tener su lengua y sus dientes, probablemente grotesco. ¿Qué ocurriría si entraba alguien de su familia?
    Afortunadamente había extendido los brazos fuera de la bola que había formado su propia boca, consiguió detenerse en un rincón de la habitación. Intentó abrirse, pero era imposible luchar contra sus propios tendones. Necesitaba otro bostezo, una hazaña imposible para alguien dominado por el pánico.
              Consiguió cerrar la puerta y, acomodado en un rincón, procuró ensimismarse con pensamientos aburridos. Pero estaba demasiado inquieto, sólo podía pensar en círculos.
Finalmente se durmió. 
Y al despertar, bostezó.

Publicado en El Comercio
 

miércoles, 23 de marzo de 2011

DESTAPE


¿Qué pasaría si una joven guapísima, con un cuerpo de moda, absolutamente segura ante el espejo de que su belleza es innegable, se pusiera un día una trinchera a lo Bogart y decidiera hacer una exposición de sí misma, abriera la gabardina sonriente y los primeros viandantes espectadores le dijeran: qué andas enseñando, fea, adefesio, sosa de carnes? Tal vez su idea de convertirse en modelo, de vivir de su capacidad natural, se hundiera por completo en un charco de inseguridad y nadie supiese que sus curvas harían temblar de envidia a las mujeres más explosivas de la actualidad mediática.
La literatura tiene una parte de exhibicionismo. Esa persona que se enfrenta a la hoja en blanco y la va rellenando letra a letra, en un acto de soledad absoluta ante el mundo que se extiende por sus manos a medida que su mente lo concibe, no ha acabado su obra literaria. La obra acaba cuando ese texto llega al lector.
A algunos autores hay que convencerles de que su obra debe ser mostrada al público, a veces impagables amigos traidores como Max Brod o madres testarudas como la de John Kennedy Toole, nos permiten conocer La conjura de los necios o El proceso. Otros están seguros de la validez de lo escrito y afrontan o desprecian las críticas, contra viento y marea.
Al final, los lectores podemos considerar que el libro llegado a nuestras manos es válido o no, puede parecernos vergonzoso que una editorial haya dado cabida a semejante aberración o glorioso que se haya atrevido a publicar esto, o normal que lo hagan viendo los tiempos que corren. Podemos tener confianza en autores, en editoriales, en otros lectores, en portadas, somos el juez final.
Para muchos escritores, aún seguros de su obra, el paso de la acción íntima de creación a la exhibición impúdica de su libro es insoportable. Y es que hace falta valor o inconsciencia para llevar a cabo ese acto.
No me importan los inconscientes, este es un grito por los que tienen algo que contar.
¡Fuera esa gabardina! Hasta la piel sobra.


Publicado en El Comercio