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miércoles, 6 de marzo de 2013

PATRIA



Está bien que uno recuerde cuál es su verdadera patria, dónde estaría siempre dispuesto a volver para sentirse en casa y sólo dar las explicaciones necesarias para seguir hojeando el periódico. Lo dijo Bogart en una película, pero somos millones los que sentimos este lugar por nuestro: los bares.
El bar de la esquina puede ser el lugar de perdición de cualquier ser humano, como podría ser el supermercado, el gimnasio o la búsqueda del remedio contra el cáncer. Esta puede parecer una explicación superflua, pero hay quien está seguro de que ir al bar es malo, y empezar a definir el bien y el mal es algo que se escapa a las pretensiones de este breve texto. Puede convertirse en un lugar terrible si lo que está disponible para todos se ha convertido en algo imprescindible para vivir –a los ojos del acodado en la barra–  y lo que debería ser entretenimiento se convierte en necesidad. Pero también puede ser el lugar en el que las frustraciones profesionales se conviertan en éxito personal. O el entorno de tertulias del AMPA, donde madres de alumnos remueven el veneno lento que decía Voltaire mientras maquinan, con mirada torva y gestos de gánster, las próximas actividades extraescolares, salpimentando el crimen programado con chistes no aptos para niños. O el rincón de intimidad de quien necesita un poco de espacio propio cuando el hogar está lleno por todas partes de presencias que no le dejan coger aire. Tampoco hay mejor lugar para compartir glorias o derrotas deportivas. Y por supuesto es un lugar de encuentro para el amor, la discrepancia, el altercado intelectual y las confidencias.
Convertir un negocio de compraventa en un hogar cercano, hasta el punto de sentirnos como en casa —o el lugar necesario para el que precisamente no quiere sentirse como en casa— depende en la mayor medida de la persona que está tras la barra. Ser el jefe de estado y ministro de todo en ese país tras la barra otorga los títulos de nobleza más sinceros que pueda dar la parroquia. La consistencia económica del premio será lo que más importe, pero la parte emocional también existe.

Publicado en El Comercio

miércoles, 5 de diciembre de 2012

ERNESTO HEMINGWAY


Tuve que beber varios mojitos en la Bodeguita del Medio de La Habana. El primero, con aquel calor insoportable, cayó en dos tragos. El segundo fue un poco más lento, lo que pasa es que seguía haciendo calor y había empezado a conversar con el barman y los lugareños: el tercero llegó formando parte de la conversación. De los demás no puedo hacer recuento, vagos recuerdos con olor a hierbabuena y la risa de un tipo que parecía Hemingway.
    El 2 de julio se cumplen 50 años desde que el autor de El viejo y el mar usara una escopeta para acabar con su vida. Ernest Hemingway (Premio Nobel 1954) vivió casi veinte años en Cuba y era cliente habitual de la Bodeguita o del Floridita. Como es bien sabido, también vivió en España, dejando un testimonio escrito (Fiesta, Muerte en la tarde) que hoy en día sigue atrayendo a miles de turistas a los sanfermines de Pamplona.
     Orson Welles, otro americano enamorado de España, coincidió con Ernesto cuando este trabajaba en la elaboración de un documental sobre la guerra civil española. Orson, cineasta, dijo que eran prescindibles ciertas palabras para ilustrar unas imágenes que hablaban por sí solas. Esto provocó a Hemingway que dijo algo así como “ustedes, los afeminados chicos del teatro, qué saben de la guerra de verdad”. Orson hizo unos ademanes femeninos (eso debió de ser digno de ver) para responder a la provocación mientras afirmaba “señor Hemingway, qué grande y qué fuerte debe de ser usted.” Luego hubo un enfrentamiento físico y cierto destrozo de mobiliario.
     Al igual que William Faulkner, fue un escritor muy famoso en vida, con los beneficios y los vicios que esto pudiera conllevar. Decía Faulkner de Hemingway que nunca había escrito una palabra que pudiera enviar al lector a un diccionario (juzguen ustedes).
     En tareas periodísticas trabajó también como corresponsal de guerra. Un mal reportero, decían de él sus compañeros, corregía demasiado. Tal vez por eso es uno de los maestros imprescindibles del relato breve. De lectura obligada: El gato bajo la lluvia, Un lugar limpio y bien iluminado, Los asesinos.

Publicado en El Comercio

miércoles, 15 de septiembre de 2010

ALÉGRAME EL DÍA, INFRACTOR

Íbamos hacia el Oeste, hacía la ría del Eo, tan emocionados pensando en los chuletones y las playas que las señales de tráfico nos parecían chupachups. Para devolverme a la realidad apareció un representante del orden, un señor de verde, entrado en años, que me indicó muy amablemente mis excesos. Yo intenté explicar las inquietudes que me embargaban, la carne, la arena, el viento, la hipoteca, pero el amable agente, comprensivo y compañero de fatigas pero obligado por la ley, me tuvo que poner la multa correspondiente con gesto cariacontecido.
    En otra ocasión, recién parado el coche ante el portal para bajar las bolsas de la compra, llegó un representante de la ley, de azul esta vez, que se dirigió a mí como si estuviéramos en el instituto, quiero decir, con aires de matón o abusón de patio de colegio. Sólo le faltaba decir, como Harry el Sucio: vamos, alégrame el día. Pero después de la refriega verbal este Mike Hammer renacido me perdonó la vida y no hubo sanción, continuó su patrulla con gesto avinagrado gritándome que tenía todos mis datos y sabía quién era. Pero sin multa.
    Circula la teoría por los bares de que hay dos tipos de agentes y reacciones. Por un lado está el tipo educado, correcto, suave en las formas, que impelido por una fuerza mayor que no está en su mano —la ley— se ve obligado a ponerte en tu sitio: no es él (o ella) quien decide, la infracción es tuya, la pena ya ha sido impuesta. Te toca pagar. Por otro lado está el ser humano dentro de un uniforme, dominado por un mal día o por los problemas de rutina, que esgrime con fatiga su verbo y su actitud sabiéndose dueño de la situación. Con un poco de suerte, no hay multa.
    ¿Qué prefiere usted: trato correcto y monedero vacío o afrenta sin pérdida económica?
    Lo bueno de estas teorías nacidas en los bares es que siempre son discutibles, esa es su esencia original.
    El otro día eché en falta a un agente de la ley cuando salía de casa para llevar a mi hijo al colegio. Me encontré, a apenas diez metros del portal, con una caca de perro en mitad de la acera, tan reciente que aún humeaba en la fría mañana de invierno. Un poco más abajo, un señor se hacía el despistado mirando a los tejados y silbando mientras su perro le acompañaba. ¿Cómo demostrar el crimen sin haberle pillado in fraganti? ¿Llamaremos a la policía científica? ¿Llamaremos cerdo al dueño del perro? ¿Compraremos un caballo, o una vaca, para devolverle la pelota al señor cerdo en forma de deposición a la puerta de su casa? Orden, por favor.