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miércoles, 3 de octubre de 2012

CARRETERA ALTERNATIVA


Llovía a cántaros y quedaban por delante muchas horas de carretera en una de esas noches terribles a bordo del coche. Iba oyendo el partido por la radio. Tal vez los pitidos habían sonado un par de veces antes, pero estaba tan metido en la competición, con ganas de marcar y darle la vuelta al partido, que no me había enterado. Pero en algún momento mi atención se vio demasiado atacada por esa realidad más cercana, en forma de chirrido inquietante, y la imagen del campo verde y los jugadores se perdió al fondo del teatro de la mente para que mis ojos descubriesen la luz parpadeante que indicaba la alarmante situación del depósito de combustible, casi vacío.
            Con la llegada del pánico se fue la señal de radio.
            Tras unos minutos interminables de angustiosa conducción entre pitidos y luces de advertencia, divisé una señal de gasolinera. Tomé la desviación, pero no se trataba de un área de servicio, había que seguir conduciendo por una carretera local. ¿A cuántos momentos puede situarse una gasolinera de la autopista para estar indicada?
            Al fin, allí estaba, a las afueras de un pueblo. Y un señor mayor con el anorak más gordo que he visto en mi vida se acercó frotándose las manos bajo vaporosos soplos de aliento. Bajé la ventanilla.
            Lleno por favor. ¿Puedo pagar con tarjeta?
            ¡Diploma! ¡Una tarjeta!, gritó hacia la tienda mientras se acercaba al surtidor.
            Pasada la sensación de angustia, llegó la consciencia del hambre. Pedí algo.
            ¡Diploma! ¡Gusanitos y patatas!
            Al poco llegó un joven veinteañero que se llevó mi tarjeta y dejó los tentempiés.
            Tenía ganas de llegar a una zona donde se oyera la radio. Acabé advirtiendo al hombre de que llevaba un poco de prisa.
            ¡Diploma! ¡Que es para hoy!, volvió a gritar.
            Oiga, qué nombre tan curioso el de su compañero.
            No es un nombre, ni es un compañero, es un nieto. Es que mandé a mi hija a estudiar corte y confección a Madrid y me vino con este diploma.
            Tardé muchos kilómetros en volver a pensar que teníamos un partido en juego. Hay que ver cuánto puede uno perderse si nunca se sale del camino recto.

Publicado en El Comercio

viernes, 31 de agosto de 2012

OJOS CÓMPLICES


Vamos a lanzar la bomba porque somos muy terroristas y además no estamos en montañas lejanas ni en desiertos remotos, estamos dentro del bar de la esquina y fumando, somos iconoclastas ácratas nihilistas, queremos la República, software libre y matar al presidente, quemar pozos petrolíferos, encargar muebles a un ebanista y no armarlos en casa con una llave Allen... Todo lo que se le ocurra que pueda ir contra el sistema.
            ¿Ha leído hasta aquí? Pues ya puede empezar a preocuparse, lector o lectora, porque es partícipe de una conspiración. Así como se lo cuento. Valore este diario que tiene en sus manos porque usted ha sido cómplice y compañero de su lectura. En cuanto uno escribe matar al presidente, terrorismo, bomba y cosas así, la Agencia Nacional de Seguridad de los USA controla los mensajes, allí y aquí. Si usted está leyendo esto más vale que mire a su espalda a ver si un agente del FBI le está haciendo una fotografía mientras... lo que sea que esté haciendo.
            En este barrio también tenemos un gran hermano vigilante con su ojo que todo lo ve, aunque entre las palabras clave ya se han añadido esas expresiones típicas de los delincuentes más peligrosos: ¿cómo va lo mío?, ¿hacemos un arreglo?.
            Mentira, dirá usted, bobadas, inventos de las películas. Esa pesadilla imaginada por George Orwell para 1984 es pura ciencia ficción.
            Vean el siguiente testimonio y extraigan sus conclusiones.
            Durante mi primera visita a Nueva York entré en los USA como todo el mundo: semidesnudo, descalzo y muerto de frío mientras pasaba por el detector de metales. Me pareció tentador comenzar y acabar mis conversaciones telefónicas diciendo “voy a poner una bomba y voy a matar al presidente”, quería comprobar qué había de cierto en el mito. Nunca pasó nada. A  la vuelta simplemente me metieron en una habitación donde había un par de hombres con traje y una señora policía, me hicieron un montón de preguntas disparatadas, me quitaron de la maleta los botellines de la salsa Paul Newman para tortitas y me mandaron al avión. Al menos no tuve que descalzarme ni desvestirme.   

Publicado en El Comercio

viernes, 22 de junio de 2012

SABER OÍR

Para ponerse a escribir no sólo hay que leer, hay que ser un gran oidor, y no me refiero con esto a Momo, inolvidable personaje de Michael Ende. Llevar conversaciones reales al papel o hacer que los diálogos escritos parezcan furtivas grabaciones hechas en bares, colas del supermercado, calabozos, alcobas o ascensores, es algo que está al alcance de pocos escritores, entre otras cosas porque en muchas ocasiones ni al autor ni al lector les preocupa esa cuestión. Eso sí, otros consideran esta una de las bases de la literatura.
    Iba camino de una magnífica exposición en el Reina Sofía cuando subieron dos chavales. Durante nuestro trayecto compartido en metro, su intercambio de palabras era algo así: joder, tío. ya te digo, joder. vaya mierda. ya te digo. joder, tío, dios. ya, tío, joder, qué mierda. ya te digo.
    Bajé en mi parada sin que nada me diera a entender qué tragedia atribulaba a los dos jóvenes de limitado vocabulario aquella subterránea mañana de julio. Lo cierto es, y esto puede parecerles sorprendente o pura evidencia, que aquellos chicos estaban manteniendo una conversación, intercambiando información; y el resto del mundo no lo entendía porque utilizaran un dialecto, una jerga profesional o un castellano lejano: era un lenguaje propio e inasequible para la mayoría de los oyentes, pero que existía, un intercambio de pareceres que sólo ellos podían interpretar. Algo parecido a ese argot de amigos, cómplices o amantes que se crea fortuitamente o de forma deliberada, para pasarse mensajes discretamente ante oídos forasteros.
    Tener oídos dispuestos no nos iguala a Joyce, García Hortelano, Céline o Manuel Rivas, aunque también nos gusten los macarrones. En la vida real –lejos de escritores más dispuestos a escuchar su propia cháchara elaborada que a disfrutar descubriendo los ruidos del silencio o las palabras de los otros– el que sabe oír y callar suele ser amigo fiel, barman confesor sin penitencia, excepción en todo caso, aunque el saber popular nos recuerde que somos dueños de lo que callamos y esclavos de lo que decimos.
Publicado en El Comercio

miércoles, 9 de noviembre de 2011

TRANSPORTES


¡A tres euros de aquí, en dirección a los Campos Elíseos!, le grité al taxista. El hombre se rió un rato de mi chorrada y a pesar de los números del taxímetro que excedían en mucho mi escaso dinero me dejó al lado de esa cafetería que daba pinchos a troche y moche a todo trasnochador ovetense con hambre. Allí estarían los amigos perdidos por un momento de pasión.
          Los taxis forman parte de cualquier aventura ciudadana que se precie, dijo aquel productor de películas. Cuántas escenas de cine se han rodado en supuestos taxis: los protagonistas en ciernes de ser amantes o dejar su relación, los hombres de negocios a punto de resolver su discrepancia de malvadas maneras, ese recién llegado a la ciudad que se queda tonto con todo el paseo que le dan para llegar al hotel.
           Es fácil pensar que la realidad y la ficción son cercanas cuando te sientas en un taxi. Es inevitable pensar cuando viajas en un transporte público en las vidas ajenas, los que te rodean, los que han ocupado tu asiento. Pero un taxi es algo más personal.
           Cuando Paul Schrader, el guionista de Taxi driver, concibió a un personaje que perdía por completo los papeles de la rifa de los hombres equilibrados no podía pensar en un conductor de autobús, de tren o de avión. El contacto directo inevitablemente variopinto de un conductor de taxi nocturno en Nueva York era la madeja de su historia.
           No somos más que personajes en movimiento cuando cogemos un taxi, un tren o un avión, como aquel pensador maldito que rompió su vaso contra el asfalto y exigía del conductor una complicidad televisiva, o la señora del más alto cargo del comité olímpico internacional que dejaba caer sobre la moqueta su abrigo de visón y permitía que su criada se dirigiera a las azafatas para decirles que la señora de … no hablaba con el servicio.
           El tren es sin duda el mejor de los transportes públicos para la literatura. 

Publicado en El Comercio

miércoles, 4 de mayo de 2011

ANÓNIMO SINGULAR


En la gran ciudad todos acabamos siendo anónimos singulares. Las apariencias y los comportamientos más estrambóticos pasan con normalidad a nuestro lado sin que apenas echemos una ojeada al colorido. Me refiero a la ciudad enorme, absolutamente cosmopolita, inabarcable para los sentidos. Es inevitable sentirse pequeño, falto de tiempo, al borde de un ser vivo ridículo cuya único motor es la observación. Entre las miles de personas que caminan por la quinta avenida o se hacen fotos ante el escaparate de una tienda de joyas que nunca podrán asaltar, no tiene la menor importancia que te tropieces con un señor que pasea tranquilamente en bata y zapatillas a diez grados bajo cero, y apenas merece un comentario de medio lado esa señora que ha venido a cenar al restaurante-barbacoa con su mejor abrigo de visón y no se lo ha quitado en ningún momento. Eso no son más que simplezas.
Disfrutando un poco más de este maravilloso laboratorio para el estudio de conductas humanas en sociedad, entramos en una monumental tienda de lencería. En el vestíbulo hay una veintena de hombres sentados en el suelo recostando sus doloridos lomos contra la pared con expresiones que van del aburrimiento al enfado, pasando por los que simplemente dormitan o esperan jugueteando con sus móviles, reproductores multimedia o lo que sea. Hace unos años me dijeron que, como media, los hombres soportan 50 minutos acompañando a las mujeres a mirar y comprar ropa. No me creo mucho esos estudios sobre los distintos comportamientos por razón de sexo, pero contemplando a estos muchachos de caras largas me pregunto cuánto tardaré en venir a dejar mis posaderas sobre esta mullida moqueta. Bien pensado, debería hacer como ese que llega ahora y saluda alegremente a su mujer cargada de bolsas. Ella está radiante de felicidad consumista y él ligeramente achispado. Juraría que es el mismo tipo que antes estaba cantando una clásica tonada irlandesa en el bar donde entramos a tomar una cerveza. Cariño, oye, le digo, ¿y si nos dividimos? Pero ella ya se ha lanzado a las rebajas.

Publicado en El Comercio