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miércoles, 17 de abril de 2013

EL TRÁNSITO INJUSTO


¿Qué sentido tienen los afanes, las previsiones de futuro, el caminar por los caminos marcados seleccionando con prudencia los derroteros más adecuados para lo que tenga que venir? Un día de sol terrible y calor asfixiante estás sentado con un amigo a la sombra, tomando una bebida fresca y observando las peripecias de los hijos que han dado tanto quehacer para llegar aquí, y no hablo de la lata que han dado mientras han crecido hasta este punto (en mi caso como padre) sino de las vueltas, papeleos, viajes y tribulaciones que mi amigo y su mujer han tenido que sufrir para conseguir adoptar a dos niños. Recuerdo su desesperanza cuando ya habían conocido a sus hijos, pero la maldita burocracia los mantuvo casi un año más en el orfanato. Por suerte eso ya pasó, ahora charlamos mientras los gritos infantiles van subiendo de tono y hacemos una pequeña planificación para vernos el próximo fin de semana y comer todos juntos en casa. Ya no es como en los viejos tiempos, en los que ni siquiera concretabas la hora o el sitio, cada día sabías donde podías encontrar a los amigos, y más allá del fin de semana no había nada imaginable, nada existía. Ahora hay que mirar la agenda con semanas o meses de antelación para cualquier intento de reunión.
        Y así acaba la historia. El fin de semana nunca llegará para mi amigo
Javi. De un día para otro se fue. Desapareció. Están sus hijos, de los que ha podido disfrutar tan poco, su mujer, sus padres, sus hermanos... Él se ha ido, como su hermano Jorge hace quince años, demasiado pronto. Todos sabemos que tarde o temprano perderemos a seres queridos, pero ¿qué reglas puede haber en este caos donde muere a los cuarenta años alguien con tantas cosas por hacer? ¿Cómo concebir que no vas a estar nunca más con esa persona cuya voz aparece con claridad en la cabeza, como sus gestos, su cara? ¿Cómo imaginar que eso ya sólo podrá ser recuerdo, algo pasado y perdido, si casi lo puedes tocar?
       Una noche dejas el último pedazo de pastel para desayunar y al día siguiente se queda en la nevera, cada vez más frío. Tan simple. Tan blanca y terrible.

Publicado en El Comercio

miércoles, 22 de agosto de 2012

EXPLORADORES CON CHUPETE


Toy Story podría considerarse una versión alternativa de Blade Runner, la adaptación para el cine del relato de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. Una parte fundamental de estas trampas y cartones es la vida secreta de los objetos. Lo que no es posible concebir si no tienes el material necesario es la vida multidisciplinar del objeto inanimado en manos de pequeños monstruos con chupete.
          Para empezar, el maletín es un instrumento a rellenar. Más tarde, el adulto que quiere sacar una carpeta extraerá un enorme aro rosa o un muñeco de Indiana Jones. Esto puede parecer sorprendente, pero no tanto como cuando al ir a buscar un bolígrafo notamos cierto polvo en el interior de la cartera, unos granos gordos que se revelan como trozos de galleta. Lo preocupante es que era de chocolate.
          Se sigue demostrando que la esencia humana es meter cosas en los agujeros, sea como sea. Los antiguos vídeos VHS, tras su pestaña basculante, podían albergar cualquier cosa, desde pequeños libros hasta coches de juguete o trozos de pan. También el cajón de sonido -ese bafle de oscuro y redondo agujero- es recipiente. Hasta que un día descubres al mover el altavoz que tintinea como un sonajero.
           Lo verdaderamente temible es que el explorador con pañal acceda a los objetos de la mesita de noche. Descubres hasta qué punto forma parte de ti un radiodespertador cuando alguien viene a tocarte los botones para alterar su rutina, esa que consideras el natural transcurso de los días. Y una noche estalla ese objeto tan íntimo de la forma más ruidosa posible, un atronador cataclismo a las horas más intempestivas. Yo lo mato, dices, incapaz de oírte con el estruendo. Mentira, palabras que se lleva el viento. Le das unos manotazos al aparato e intentas dormir. Pero como el sueño resulta imposible tramas la venganza, sonriente en la oscuridad, con los ojos abiertos inyectados en sangre: mañana le va a dar galletas su padre. O peor aún, te levantas para sacar algún provecho del insomnio y todavía con el susto en el cuerpo escribes estas líneas.

Publicado en El Comercio

jueves, 2 de agosto de 2012

AHORA QUE NO ME VEN


Fíjense en esta evolución atropellada de unos pensamientos desde el bebé inquieto hasta el adulto cercano.
            No hay nadie cerca, voy a meter la galleta en el aparato gris de las películas a ver qué  pasa. Ahora que no me ven voy a coger el bote de leche condensada y pegarle un buen trago.  Están fuera, voy a dar saltos en la cama hasta llegar al techo, yúju.  Ahora que puedo cerrar el baño voy a hacer mis experimentos para mezclar todo lo que haya y hacerme invisible. 16 años pone la etiqueta, menuda antigualla, seguro que no notan que me llevo esta botella del mueble-bar; voy a ser el rey del botellón. ¿Quién nos va a ver en este portal oscuro, cuqui? ¿Tú estás seguro de que estas son las preguntas del examen? Cómo que 80 por un túnel, venga hombre, esto es una autopista. ¿Tobi?, corre Tobi, bien hecho,Tobi, hala corre que ya lo limpiarán. Oye, anda, a ver si puedes hacerme un precio. Comemos y hablamos de lo mío.
            Han visto hasta ahora una evolución habitual en la huída de las miradas, lo fácil que resulta desviarse de las normas cuando no nos ven. Pero lo realmente interesante es la segunda parte: el porqué de la búsqueda de la mirada ajena.
            No me voy a salir nada de los bordes de colorear porque los Reyes Magos me están mirando. Soy voluntario para dar la lección porque la sé mejor que todos los demás. Sí, quiero proponerme como delegado. Ya me encargo yo de la coordinación y la presentación. Sólo soy la cabeza visible de un gran equipo, compañeros y compañeras, gracias, gracias. Ya sabes, no se trata de trabajar mucho sino de que se vea mucho lo que trabajas.
            Aprovechar que no nos ven para salirrnos con la nuestra es una simpleza que puede adquirir distintos matices con el tiempo y las oportunidades. Más taimado y retorcido es sacar provecho de la figuración, de la apariencia en comunidad; se trata curiosamente de usar las miradas ajenas para el propio beneficio, un ejercicio que nunca debe olvidar quien quiera trepar o medrar en sociedad.
            Y ahora que soy poeta voy a fingir que es dolor el dolor que de veras siento, a la manera de Pessoa.

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miércoles, 25 de julio de 2012

NADA SOBRENATURAL


Escribir una historia de fantasmas o vampiros, un cuento gótico para imitar a Edgar Allan Poe o Bram Stoker, acaba siendo una impostura inabordable para quien no puede concebir algo más allá de lo terrenal. Puede empezar muy bien: aullidos del viento en una noche de tormenta, relámpagos que alumbran brevemente los encuentros más insospechados, sombras irreconocibles, fuerzas ocultas incompresibles para un ser racional... Pero al final todo acaba convirtiéndose en una especie de Vértigo (como la película de Hitchcock) con la correspondiente caída súbita en lo mundano, hallando explicaciones razonables para lo que parecía llegado de otro mundo. Para mayor frustración, estas tentativas me recuerdan a las aventuras de Scooby Doo, esos dibujos animados donde siempre hay unos intereses económicos que motivan a los malvados, para promover un misterio fantasmagórico con un par de trucos técnicos.
       Me encantan los cuentos de miedo, y también disfruto a veces con esos libros superventas de templarios actuales, psicópatas deconstruidos, folletines pseudohistóricos y demás. Hay auténticas obras maestras de este tipo y, por supuesto, muchos despropósitos publicados al olor de las sardinas (también nos presentan a bombo y platillo lo que llaman imprescindibles obras literarias y, crédulos nosotros, acabamos sintiéndonos timados). La cuestión es que los lectores tragamos. Aunque parece que algunos no asimilamos.
       Pretendía escribir un cuento de miedo para leer en Halloween con mi hijo y acabé haciendo una especie de relato de serie negra (más gabardina y 38 amartillado que capa negra bajo la luna llena), convencido de que hay que ser creyente para poder dar vida a lo muerto con sinceridad. Claro que parece absurdo pedirle veracidad a un escritor de ficción. Verosimilitud, como mucho.
       Todos somos mejores lectores que escritores. Estoy seguro de que el gran Jorge Luis Borges prefería releer los libros que formaban parte de su biblioteca (aquella colección de sus lecturas recomendadas que publicaron en los ochenta) antes que volver a sus propias obras. 

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miércoles, 18 de julio de 2012

SABER SABORES


Nadie diría viendo a este tragaldabas con un peso muy por encima de las nueve arrobas que de pequeño era un mal comedor, que sólo me comía del huevo frito la yema forrada con pan, eliminando lo blanco por intragable, o que me engañaban metiendo un huevo batido en el colacao (y todavía hoy miro el vaso sospechando, cuando no lo hago yo mismo), que empecé a comer tomate con veinticinco años cumplidos, que mis primeros recuerdos son olores de un viñedo en la Borgoña y abofeteo a mi mayordomo Ferdinand si el Beaujolais lo sirve a 19 grados. Nadie lo diría.
            Soy un cocinero frustrado, esa es la verdad.  Disfruto y valoro los mejores caldos como trago lo que me den en la peor batalla. Me queda olfato para distinguir matices  pero mi afición prolongada al picante y los destilados me han deshabilitado como nariz de primera clase. Me queda transmitir estas frustraciones a mi retoño, capaz de distinguir cualquier clase de leche o sus derivados con un simple acercamiento de sus fosas nasales.  Vive dios (esto no lo digo yo, es una expresión hecha), es infalible.
            Oye, papá, ¿echo el laurel o no?, me dice. Porque ya está sofrito el chorizo, echamos el pimentón antes de volcar las lentejas que pusimos en agua ayer, picamos la cebolla y el ajo, lo echamos, pusimos la guindilla. Me explicaste que ese era el toque secreto y que no se lo dijera a mamá. ¡Que sí, jolín,  que no se lo voy a decir!  Luego me dijiste que la cocina es un arte científico, y por eso nadie es capaz de cocinar como la abuela. Me explicaste que ella os enseñó a hacer las lentejas y las que hacíais tus hermanas y tú eran distintas. Por eso era un arte. Y luego empezaste a hacerte el metafísico y a hablar de los oficios que realmente son necesarios para que la Tierra siga girando y quién sobreviviría cuando el mundo  llegara a explotar.  Me preguntaste un oficio, yo te dije probador de juegos, abriste unos ojos como platos y me trajiste a la cocina para explicarme una vez más lo imprescindibles que son los cocineros. Vale, sí, lo son. ¿Echo el laurel o no?
            Echa la hoja y cerramos la olla mientras flota.

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jueves, 17 de mayo de 2012

SUCIEDAD Y CULPA


Aprovechemos que la educación infantil aún sigue siendo pública para algo más que poder ir a trabajar y seguir consumiendo. La educación de niños tan pequeños, aparte de ser extremadamente compleja y trabajosa, también da para curiosas anécdotas.
Un vocinglero infante de 3 años entró en el aula gritando: alguien ha hecho caca en el baño. Esto no debería ser noticia, pero cuando el pequeño señala atrás y exige atención es que algo va mal. La maestra deja a sus pequeños descubriendo el color rojo con sus botes de pintura de dedos y el folio en blanco que tienen enfrente. La mecánica ha quedado clara: dedo-bote-folio.
En el baño hay un niño con cara enfadada y actitud de culpa. El baño tiene cuatro pequeñas tazas de váter a un lado y cuatro urinarios de pie enfrente. Una ojeada del niño culpable bajo las cejas enfurecidas conduce a la maestra al sitio adecuado: un excremento de gran tamaño reposa sobre el segundo urinario.
Pero ¿por qué has hecho eso?, pregunta la maestra.
El niño señala las tazas de váter y dice: mi mamá me dijo que eso era para las niñas y esos para los niños ¡y yo soy un niño!
La maestra explica al niño en qué momentos se debe usar el urinario o la taza, pero antes de acabar su explicación oye alarmada un gran jaleo en la clase. Cuando vuelve descubre que la mecánica no ha funcionado y la pintura de dedos roja está tiñendo las cabezas de niños y niñas de toda condición mientras gritan ¡yo soy español, español, español!
Antes de hacer lo posible por solucionar la situación la maestra recuerda aquella frase de Herman Melville: existen empresas en las cuales el verdadero método lo constituyen un cierto y cuidadoso desorden. Aquí te quisiera ver yo, capitán Ahab, dice mientras cuenta hasta tres.
Ahora bien, pongámonos alegóricos. ¿Es culpable el niño, equilibrista de puntillas? ¿Su madre, por no explicarse con claridad? ¿La maestra, por no definir la función de los recursos? ¿Quien haya decidido instalar tazas y urinarios?
No hay culpables certeros, pero sí algo indudable: alguien tiene que limpiar la caca para que todo siga funcionando.

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miércoles, 14 de marzo de 2012

CADAVÉRICOS


Todos tenemos cadáveres en el maletero, elementos que debíamos eliminar de alguna manera porque se habían convertido en un lastre insoportable y ocupaban demasiado espacio material —el sentimental ya para siempre será suyo—, unos centímetros cúbicos preciosos para estar en manos de algo (ese cadáver, digo) que sólo tendremos en cuenta un día caprichoso, tal vez nunca, cuando nos diese por acudir a ese recuerdo.
            De esta manera tan rebuscada intentaba darme razones válidas (infundirme valor) el día que decidí hacer una pira funeraria con todas mis viejas cintas de audio, banda sonora de mi adolescencia.
            Pero, tío —dice un personajillo vestido de cuero que se cuelga de mi hombro— cómo vas a tirar todo eso si son los sonidos de fondo de tus tiempos castigadores, cuando eras el puto amo, cuando te lo comías todo, tío.
            Hay que ver la de mamarrachos que alberga uno en la propia conciencia. Lo importante es que, a pesar de tirar todas mis cintas a la basura, conservé las etiquetas con los títulos de las canciones para al menos saber cómo había ordenado tanto tiempo atrás lo que ahora decidía destruir, una especie de rastro de lo que pudo ser. Porque mis grabaciones no eran copias de discos, algo fácil de conseguir en una tienda o en internet, sino mis propias selecciones de música, las que había considerado más adecuadas para acompañar determinados momentos de mi vida, como Rob (el personaje de Alta fidelidad, novela, película, busquen, lean, vean) construía mis grabaciones para mis momentos o mis posibilidades. Que esa posible conquista oyera a Sam Cook u Ottis Redding podía ser la diferencia entre todo o nada como cantaban Small Faces.
            Acabaremos la indigestión siendo “Hombres que se dejan barba con el afán de no reconocerse a sí mismos”, como decía Fernando Menéndez, mientras pinchaba un vinilo de Coltrane redondeando su certeza. Ya todo eso resulta inútil, hay que vaciar los estantes, hay que desocupar para dejar huecos: los hijos tienen que tener su espacio y hay que darse cuenta de todo lo que sobra, tal vez para acabar tragando este sinsabor, o tal vez no.


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viernes, 15 de julio de 2011

UN MIEDO


No siempre podemos ponerle nombre a los miedos. No sé cómo se llamaba el perro que consiguió romper su cadena y perseguirme, ponerme las patas en la espalda e intentar morderme la cabeza hasta que mi abuelo lo apabulló de un manotazo, pero el psicólogo me ha dicho el nombre de mi fobia.
Alfredo y yo nos encontramos por primera vez en un paraje exótico, selvático, rotundo: el Valledor de fines de los 70, un paraíso asturiano que empezaba a recibir la luz eléctrica e imaginaba agua corriente en el grifo; pero donde nos reconocimos seres pensantes y dignos de diatriba intelectual fue en la Biblioteca Pública de la calle San Vicente en Oviedo. Él me descubrió a Los Tres Investigadores, una colección que devoré con pasión durante meses, apartando a codazos a los que venían a quitarme posibilidades cuando el señor de bata azul iba colocando en su sitio los libros devueltos.
Fue el descubrimiento del Museo Arqueológico lo que me haría considerar a Alfredo el más grande anfitrión, una palabra que siempre relaciono con aquel momento. Era tan simple como salir de la biblioteca y entrar en el edificio que estaba justo al lado, pero a mí nunca se me había ocurrido, esa fue su genialidad. Los sábados por la mañana visitábamos aquellas salas. ¿En cuántas batallas habrá estado esta espada? Seguro que esta punta de flecha mató a un mamut, no, mejor a un oso cavernario. El reto de dar una voltereta sobre el mosaico geométrico de una casa romana apenas duró unos segundos, espero que de aquella no hubiera cámaras.
Tampoco renunciábamos a la infancia: jugábamos con soldaditos de plástico y petardos de a peseta en un descampado de Buenavista que hoy es la Ñocla de Calatrava.
Un día me levanté y al entrar en la cocina mi madre apagó la radio, me puso la mano en el hombro y lo dijo: murió Alfredín, estaba en un viaje de estudios y se ahogó en la playa. Esa muerte de la infancia marcó las lecturas de mi vida.
Ahora tengo responsabilidades paternales que atender y a todos los niños les gustan las olas y el riesgo. Pierdo los estribos con facilidad, pero al menos sé el nombre que asocio con este miedo.

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miércoles, 6 de julio de 2011

SIN LÁTEX EN LA PISCINA


Prefiero las piscinas municipales, autonómicas, interestatales, ecuménicas, el mar con gorro de goma para no soltar pelo proletario, hacer como que lees un libro de David Foster Wallace (forrado con papel de estraza, eso sí, por si alguien te toma por resabido o, peor aún, quiere entablar conversación; lo mejor es poner la sobrecubierta de un superventas, nadie se fijará en ti si estás leyendo tal cosa), pues eso, haces como que lees pero en realidad pegas la oreja a la conversación de los chavales que hablan de su noche pasada (cándido vicio), o la de las señoras que juegan a las cartas (porno), o la de aquellos intelectuales en bañador que acabaron pegándose por una discrepancia sobre el uso del ablativo absoluto, en latín claro.
Me fui unos días a Madrid, a visitar a unos amigos que vivían en una urbanización exclusiva en las afueras, con guardias de seguridad, gente que no dice nada en el ascensor y piscina privada. Privada pero compartida con el resto de exclusivos afortunados.
Decía Santiago Auserón que 37 grados es la temperatura del cuerpo humano al hacer el amor. Yo no suelo llevar termómetro, pero viendo la temperatura que marcaba el que había en aquella piscina estaba claro que el sol nos estaba dando de lo lindo por delante y por detrás. Me sentí un poco desnudo y fresco sin mi gorro de látex azul.
Estaba acodado en el borde, pataleando con indolencia, viendo a unos niños jugar con sus pistolas de agua. De pronto uno de ellos se volvió, corrió hasta la piscina, a apenas unos metros de mí, se bajó el bañador y se puso a mear en el agua.
No pude evitarlo, tuve que llamarle la atención, y no se me ocurrió nada mejor que la frase clásica: oye, niño, eso no se hace.
Creí que pediría disculpas, que exigiría comprensión por su necesidad, pero este era un niño de élite, seguro de sí mismo.
Sí que se puede, el otro día me bañé con mamá y me dijo que sí, que ella también lo hacía, como todo el mundo.
Y ahí seguía el Manneken Pis mientras me alejaba de sus orines y añoraba aquella frase de las jugadoras de tute sobre la toalla. ¿No tienes copas? Pues echa unos orines, anda, ji ji. Señoras, por favor.

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miércoles, 29 de junio de 2011

UCRONÍA

El sol llevaba apretando desde el amanecer y no hay niño de vacaciones que aguante en casa con tanto calor, no hay forma de trabajar ni de dormir la siesta, qué mejor excusa. Aproveché para dejarlo todo y venir a la piscina.
La conciencia sigue remordiéndome por los trabajos a medio hacer mientras los pequeñajos meriendan, juegan, se pelean y chillan al mismo tiempo. Los adolescentes de hormona tensa y grano florido no paran de hacer la bomba y mirar quién les mira, no vaya a ser que haya otro más gallo.
Pero en medio de ese sentimiento de culpabilidad, como una nota a pie de página, aparece la idea que me permitirá evadirme un poco de esta realidad con olor a cloro, entre toallas y gorros de caucho: las ucronías.
La ucronía es una reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuestos acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder. Los rojos ganaron la guerra de Vizcaíno Casas, o En el día de hoy, de Jesús Torbado parten de la misma idea: la Guerra Civil española no la ganaron Franco, etc., ¿qué habría pasado?
Parece que también un Sherlock Holmes octogenario pero bien conservado estuvo en la Guerra Civil, al menos eso podemos leer en el pastiche holmesiano de Rodolfo Martínez Sherlock Holmes y las huellas del poeta, una novela que suele enmarcarse en el género de la ciencia ficción (mejor nombrada ficción científica). Y aunque esta ya no sería una ucronía, ¿qué importan los límites? ¿Por qué han de ser reales todos los personajes? ¿Es más real un Manuel Azaña vivo en 1943 que el doctor Watson? Sherlock Holmes recibe miles de cartas cada año, puede que incluso figure en los bancos de datos de las empresas de telefonía y reciba propaganda periódicamente, no se explican que nunca responda a sus maravillosas ofertas.
Otra obra, La conjura contra América de Philip Roth, plantea que Charles Lindbergh, el primer aviador que cruzó el Atlántico y se declaraba admirador de Hitler, resultaba elegido presidente de los USA. El régimen nazi o dictaduras de ideología semejante son tema habitual de este subgénero también presente en el cine (Fatherland) o el cómic (V de vendetta).
Ucronía: ¿Y si no hubiera venido a la piscina? En casa, intentando hacer mis tareas, pensando en la máquina del tiempo, a ver si puedo volver al verano del 85 o empieza a llover, y que se fastidien.

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