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miércoles, 1 de febrero de 2012

PATITOS FEOS


¿Te acuerdas de la Berenguela?, pregunta este viejo amigo. El vago recuerdo de una reina medieval y una película donde Ricardo Corazón de León era representado por una espada no puede ser. Desde otro compartimento de la memoria llega la imagen poco definida de una chica del instituto, no puedo concretar más, ¿un jersey de lana de colores? ¿Y de dónde saldría ese mote? Empiezan a agolparse recuerdos de forma incontrolada cuando el otro continúa.
      Pues la vi el otro día. Estaba de noche por ahí con otros dos Rodríguez cuando llega una chica impresionante y empieza a hablar conmigo, me sonaba su cara y no sabía de qué, ni siquiera la reconocí cuando me dijo su nombre, pero acabamos hablando de aquellos años, un par de anécdotas, y la recordé. Quién iba a decir que aquella mosquita muerta iba a tener ese aspecto ahora. Ya te digo, impresionante.
      Estoy por decirle a este tipo que tiene la misma capacidad de adjetivación que esa escritora de best séllers pero sigue.
      Era como el cuento del patito feo. Lo mismo. Lo que pasa es que las mujeres lo tienen fácil: se hacen otro peinado, se pintan un poco, cambian la ropa y no hay quien las reconozca.
      Miro a este viejo compañero de estudios, que pesa ahora 30 kilos más y tiene la cabeza afeitada para disimular su calvicie, y tengo que darle la razón.
      También tú, si te hicieras un injerto de pelo a lo berlusconi, pero teñido de rubio, y perdieras un par de kilos, nadie te reconocería por la calle. Le digo dándole unas palmaditas en la espalda partido de risa.
      Él también dice que se descojona mientras me mira con los ojos inyectados en sangre y no puedo evitar pensar en Andersen, y sus supuestos cuentos para niños. Algunos de ellos, vistos desde el punto de vista adulto, reflejan personalidades atormentadas, oscuras, crueles a veces, más cercanas al universo de Poe que a los hermanos Grimm. El soldadito de plomo, La vendedora de fósforos, y por supuesto, La sombra... El cisne Andersen nunca olvidó sus tiempos de pato.
      Pero a ustedes tal vez les interese más qué pasó con el rodríguez y la impresionante...

miércoles, 14 de diciembre de 2011

SOMOS DOS


Lo vi por primera vez hace unos años, un hombre todo de negro con capa, bastón y sombrero de copa. Estaba a punto de llamar la atención de mis compañeros de terraza veraniega sobre aquel curioso viandante cuando el hombre se volvió para mirarme. No tuve más remedio que seguir tomando el aperitivo sin decir nada de aquella aparición.
        Ese mismo verano, a media tarde en la playa de San Lorenzo, fuimos a uno de los puestos de helados que hay en el paseo. Justo al lado estaba un tipo con su gabardina a lo Bogart y el sombrero entornado tapándole los ojos, fumaba y mostraba cierta mueca de sorna mientras nos observaba elegir entre tanto cono, polo, corte y tarrina. De lejos pensé que podía ser un hombre anuncio de la Semana Negra, pero hacía ya casi un mes que había pasado, y al acercarme pude ver sus rasgos con claridad. Otra vez. No podía ser. Aquella gabardina con el calor que hacía, y la cara...
        Oye, le dije a un niño, ¿si tú fueras ese señor de la gabardina qué helado pedirías?
        ¿Qué señor de gabardina? Yo quiero un Batiscafo de fresa.
        Ese que tiene sombrero y está fumando, ¿no lo ves?
        El niño miró otra vez donde le señalaba, luego me dijo: has estado demasiado tiempo al sol, tú sí que necesitas un sombrero, quiero un Batiscafo de fresa.
        Mientras los gritos de los niños se alejaban camino de las toallas me acerqué a él, sabiendo por primera vez que sólo yo podía verle, y conocía perfectamente sus rasgos: eran los míos.
        En la literatura, Don Quijote y Sancho abrieron un camino que siguieron entre otros Holmes y Watson, pero sobre todo, a la hora de mostrar esa dualidad humana, depurando los rasgos hasta polarizarlos en dos individuos diferentes, tenemos que hablar de Jekyll y Hyde: un solo hombre dividido en partes opuestas.
        ¿Estaba ante mi sombra, como en el oscuro cuento del más sombrío Andersen? ¿Era mi Doppelgänger, un fantasmagórico otro yo? ¿Quién era yo y ello? Porque esa era la primera duda: ¿era el virtuoso Jekyll o el infame Hyde el que me miraba socarrón?
        Esto fue hace tiempo. Ahora, tras años de costumbre, ya casi no hay hueco para la duda.

Publicado en El Comercio