lunes, 13 de mayo de 2013

FIN




Gracias a toda persona que haya llegado hasta aquí para completar la lectura de estos textos publicados en el diario El Comercio casi todos los lunes entre el 12/01/2009 y el 27/02/2012 .Para quien llegue aquí por primera vez, reciba usted la bienvenida sin trampa ni cartón.
Los 148 escritos aquí expuestos no pretenden ser un blog con todas sus consecuencias, tan sólo una recopilación que permita la lectura a quienes afirmaban habérsela perdido en su primer momento. Quién podía negarse a semejante petición.
Cumplido el compromiso, puede ahora el autor —por fin— desaparecer.
Salud.

HOMBRE DEL TIEMPO



¿De qué habla en el ascensor el hombre del tiempo? ¿Se sentirá obligado a decir algo para evadir responsabilidades? ¿Será capaz de guardar silencio a la espera de compañeros de viaje comprensibles? Pobre meteorólogo famoso en el ascensor, cualquier televisivo personaje en ropa interior estaría  más a salvo. Imaginen la tensión del silencio, la mirada inquieta de esa señora que –no lo puede evitar– acabará haciendo referencia a la situación atmosférica (vaya cómo está el tiempo, a este paso juntamos invierno con verano, etc), quién sabe si de forma consciente o por puro candor, pondrá en tela de juicio sus responsabilidades, su capacidad de predicción, oh entrañable señor del tiempo, siempre a merced de los vientos. No se ofenda, no tiemble, no odie a los compañeros de ascensor. En la educación mundana del niño se daba a entender que el silencio excesivo era indecoroso, lo más sensato es rellenar los vacíos con lugares comunes. William Faulkner hizo una pequeña reflexión al respecto en su relato Ninfolepsia: El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio encontró el miedo.
          No recuerdo quién dijo que el silencio podía pasar cómodamente entre dos amigos –piensa el hombre del tiempo–, pero no me importaría que siguiera pasando igualmente entre desconocidos. El problema es que esa forma de relacionarnos con otras personas que llaman naturalidad no es algo propio de todos los seres humanos. ¿Qué pasa con los que estamos cómodos en silencio? No tengo por qué odiar a esta compañera de ascensión, no quiero despreciar su discurso, ni temer sus agravios intencionados o accidentales. En esta vida nuestra en sociedad se exige el intercambio de información para ser correcto, una demostración de interés adecuado, en su punto, no dar con la medida justa supone caer en la indiscreción o el desprecio.
            Tal vez el hombre del tiempo no diga nada –lo que podrán interpretar como un rasgo de vanidad–, o responda de forma desmesurada –convirtiéndose en un desequilibrado más–, o simplemente busque la frase hecha que sirva para el caso. Carraspea, pulsa el botón.

Publicado en El Comercio

sábado, 11 de mayo de 2013

RELAJARSE Y MORIR


Pancho Cañón es una leyenda urbana que regresa por Navidad. Piloto de aviación civil en un país oriental –escancia el gel sobre la esponja con lágrimas en los ojos– nos contaba lo que para algunos de sus compañeros se había convertido en una broma del gremio. Su compañía, de un país árabe, hace vuelos a La Meca, y es un medio habitual de viajeros, lo suficientemente pudientes para pagarse el billete de avión, que acuden a la cita necesaria según su religión. La cuestión es que ya había habido varios casos de pasajeros que en el viaje de vuelta habían muerto. El perfil habitual eran señores mayores que ya tenían importantes problemas de salud antes de emprender el viaje. Parecía evidente que su forma de ver el camino de la vida –de acuerdo con su punto de vista religioso– era llegar a La Meca, ponerse en paz con Dios y estar dispuestos a morir. El problema para los pilotos era gestionar esa muerte en su nave al llegar a puerto.
            No nos extrañemos, uno puede ponerse en paz con Dios o coger vacaciones, que seguro que en cuanto baja un poco la guardia y asoma el mentón, llegará El Más Grande con un gancho certero para hacerle besar la lona. Las estadísticas demuestran que las parejas se separan más cuando llega el período vacacional, y eso es el final de algo, dijo el Doctor Zon. También se producen más infartos, contracturas, ciáticas, ictus, apoplejías... todo tipo de ataques o descubrimientos de lo peor tienen lugar cuando una persona se toma su  momento de descanso. Mientras estamos ocupados en nuestros quehaceres, con tanto por delante que no podemos parar un momento, entregados a ese ritmo de trabajo que marca el día a día, con una forma de gestionar el tiempo y la dedicación de forma constante, ponemos todo nuestro organismo en marcha, una máquina a pleno rendimiento.
            Oye una cosa, le digo al Doctor Zon compañero de tertulia, ¿los que alternamos algo para vivir un poco lejos del trabajo no estamos un poco libres?
            Ya ve usted, la vida solamente va bien o va mal durante un rato. Y luego empieza a ir de otra forma, como contaba Chuck Palahniuk.

Publicado en El Comercio

miércoles, 8 de mayo de 2013

COMIENDO Y APRENDIENDO

En una de esas reuniones de viejos amigos, en las que es difícil intercambiar más de dos frases antes de tener que llamar al orden a alguno de los niños que se han multiplicado con los años, planteaba su caso una amiga desesperada que había estado haciendo un trabajo agotador durante meses, dejándose crecer las ojeras mientras le robaba horas al sueño, para encontrarse al final, justo en el momento adecuado, con que uno de sus compañeros explicaba a los jefes los triunfos conseguidos y se llevaba las medallas.
            Lo bueno de juntarse tantas personas es que siempre hay quien está dispuesto a dar réplica o consejo a quien lo necesite. Lo difícil es que esa persona te toque al lado, porque al final uno acaba hablando con los dos o tres comensales más cercanos y no hay oportunidad de trabar conversación con ese viejo camarada al que hace años que no ves en persona.
            Conmigo tuvo mala suerte, odio dar consejos; su novio, sin embargo, parecía muy dispuesto a intervenir. Empezó más o menos así:
            Ya decía José de San Martín que la conciencia puede ser el mejor juez que tenga un hombre de bien, pero la conciencia es contradictoria y el bien, interpretable; por eso hacen falta la
condena, el castigo, la colonia penitenciaria y todo el kafkiano sistema...
            Con consejeros cercanos de esa calaña era fácil entender la desesperación de nuestra vieja amiga. Por suerte, una mujer práctica estaba lo suficientemente cerca para dar otra opinión.
            Mira chica, hay dos maneras de ascender, dos perfiles de trabajador con posibles: los currantes y los figurantes. Los currantes trabajan más que nadie, dejan a los demás a la altura del betún y esperan el reconocimiento merecido, no tienen por qué ser especialmente brillantes, el tesón es su mejor arma. Los figurantes esperan el trabajo de los demás para presentarlo como propio, tienen desarrollada la capacidad para aprovechar cualquier ocasión en su favor, y mejor aún si ponen en falta a los demás. Espera otra oportunidad y asegúrate del grupo en el que estás, tú y los que están a tu alrededor.
            Comiendo y aprendiendo, oiga.

Publicado en El Comercio

sábado, 4 de mayo de 2013

PICARESCO PARANGÓN



Un cerebro adiestrado siempre acabará imponiéndose a un intelecto formidable. Este es un principio policial que seguramente aparecerá redactado de otra manera en los manuales. Porque la gran preocupación de las fuerzas del orden no son esos criminales de inteligencia superdotada que salen en las películas, son personas
que conocen bien el sistema legal, sus recovecos y rincones de sombra. Por ejemplo: nosotros.
            Como buenos españoles actuales bregados en la batalla del disfrute del estado del bienestar, si tenemos oportunidad de no pagar impuestos lo hacemos, véase el diálogo de evasión habitual a la hora de pagar una reparación: mejor para ti que me haces un servicio y para mi que pago un poco menos. En otros países –esos a los que hace unos años queríamos parecernos– ese tipo de gestión no se contempla. Más aún, no pagar los impuestos correspondientes, aparte de ser un delito aquí y allí, se consideraría chocante, fuera de lugar, inexplicable el hecho de que pretendas no aportar al estado lo que corresponde, puesto que es una aportación que repercutirá en todos; como si pretendieras tener que esperar para una operación o que tus hijos no fueran bien atendidos en el colegio.
            Otro singular dato sobre nuestras costumbres: escaquearse en el trabajo se considera un triunfo personal, un éxito (léase esto como generalidad; es bien sabido que hay gente seria, pero el principio inactivo vale para muchos). Siguiendo el mismo principio, nuestro porcentaje de bajas es incomparable con el de estos lugares donde resulta vergonzosa una actitud que no aspire al mejor rendimiento en el trabajo. Recuerdo aquella empresa islandesa en la que trabajaba una amiga mía, llegó un momento en que les pareció extraño que tanta gente coincidiera enferma sábados, domingos y lunes. Cuando comprendieron la razón no fueron capaces de atajar el problema, acabaron yéndose de España.
            Esa es la idiosincrasia española, seremos pícaros hasta hundirnos. Eso sí, lo dirán todos los que vienen aquí de visita, para tomar unos vinos de buena calidad y comer unas tapas no tenemos parangón.



Publicado en  El Comercio

miércoles, 1 de mayo de 2013

SOBRIO CLINT


Sobriedad. Esta es la palabra fundamental a la hora de interpretar el cine de Clint Eastwood, un señor que a sus 82 primaveras es el mejor cineasta, tal vez el último, del Hollywood clásico, y no por imitación, sino por herencia. Lo bueno es que este tipo duro se ha incautado de otras influencias que están presentes en sus películas sin que estas tengan que rendir homenajes palpables, visibles, declarados.
      Durante años he relacionado las trayectorias de Clint Eastwood y Woody Allen, el gran narrador cinematográfico neoyorquino, tal vez por el simple hecho de que ambos forman parte de mis gustos, o que los dos despuntaron en los sesenta, o les gusta el jazz (de distintos estilos), o que representan arquetipos masculinos (de distintos estilos). Tal vez las razones de Woody Allen para hacer una película al año sean terapéuticas, económicas o religiosas; como espectador entregado creo que esta periodicidad merma su capacidad creativa (algo similar les ocurre a esos grandes escritores que no pueden dedicar demasiado tiempo a proyectos ambiciosos, atados por compromiso editorial a publicar una
novela al año).
      Quién iba a decir viendo aquellas películas del orangután que Clint Eastwood acabaría firmando los títulos que ha hecho: convirtió un dramón romántico como “Los puentes de Madison” en obra de arte; con “Sin perdón” reinventó el western –si es que no lo había hecho ya con “El fuera de la ley”– y se consagró en los Oscars; sacó lo mejor de sus dirigidos en “Million dollar baby” o “Mystic River”. Se define por su sobriedad, lejos del regodeo artificioso, la risa floja o la lágrima fácil, siempre a salvo. ¿Cuántas escenas dedicó en “El intercambio” a poner de manifiesto lo que sentía la madre ante el hijo intruso? Los efectistas habituales meterían el sacacorchos en la llaga; Eastwood es efectivo, huye del sensacionalismo.
      Esa capacidad para contar las historias más terribles con calma, con certeza, sin recrearse en lo que otros consideran espectáculo, convierten a Eastwood en el mejor cronista, el que convierte la elipsis –lo no contado– en su relato. 

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lunes, 29 de abril de 2013

BIBLIÓFAGOS


De noche, las sombras cubren con ángulos siniestros la fachada del edificio. Las salas que reciben a diario la visita de cientos de personas están ahora vacías, silenciosas en la oscuridad; en los pasillos y escaleras las formas se confunden desatando la imaginación y el miedo. Se oye un ruido. Parecen voces. Risas. Vienen de arriba. Hay alguien al final de la escalera, tras una puerta cerrada. La rendija de luz en el suelo tiene vida propia, cambia de forma cada vez que refleja los movimientos de los seres reunidos al otro lado: los bibliófagos.
       Si es usted afortunado poseedor de algún ejemplar del libro Las confesiones de un bibliófago, de Jorge Ordaz, procure almacenarlo con delicadeza puesto que su valor está en alza. Son muchos los libros descatalogados, como este, pero sólo en casos excepcionales, por alguna extraña razón, desatan las pasiones de los coleccionistas y su valor se multiplica en el mercado. Tal vez secretos clubes de devoradores de libros se reúnan en torno a unos buenos lomos, guardas, portadas y cejillas bien condimentadas, bajo el auspicio de ese curioso ejemplar a modo de Biblia.
     El club puede tener intereses menos estrambóticos, pero igualmente placenteros, como la lectura compartida de libros destacados. Con La Perla del Oriente (finalista del Premio Nadal 1993) comenzó Jorge Ordaz su trilogía filipina, que continuó con Perdido edén (en 1998) y la más reciente El fuego y las cenizas (2011). Estas narraciones aventureras de estilo clásico, protagonizadas por José Alfonso Ximénez de Gardoqui, Javier Villaamil o Claudio Castellá, se sostienen en un gran trabajo de documentación que nos permite descubrir una realidad histórica aparentemente condenada al olvido: la presencia española en el Pacífico.
      Profesor en la Facultad de Geología de Oviedo hasta el curso pasado, traductor ocasional de poesía, Ordaz – sabio, ameno, ilustre dijo alguien– mantiene un blog de visita obligada: Obiter dicta. Lo que no puede imaginar es que, al final de este encuentro con lectores, el ingrediente principal del banquete no serán los libros, sino su autor.

Publlicado en El Comercio