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lunes, 13 de mayo de 2013

HOMBRE DEL TIEMPO



¿De qué habla en el ascensor el hombre del tiempo? ¿Se sentirá obligado a decir algo para evadir responsabilidades? ¿Será capaz de guardar silencio a la espera de compañeros de viaje comprensibles? Pobre meteorólogo famoso en el ascensor, cualquier televisivo personaje en ropa interior estaría  más a salvo. Imaginen la tensión del silencio, la mirada inquieta de esa señora que –no lo puede evitar– acabará haciendo referencia a la situación atmosférica (vaya cómo está el tiempo, a este paso juntamos invierno con verano, etc), quién sabe si de forma consciente o por puro candor, pondrá en tela de juicio sus responsabilidades, su capacidad de predicción, oh entrañable señor del tiempo, siempre a merced de los vientos. No se ofenda, no tiemble, no odie a los compañeros de ascensor. En la educación mundana del niño se daba a entender que el silencio excesivo era indecoroso, lo más sensato es rellenar los vacíos con lugares comunes. William Faulkner hizo una pequeña reflexión al respecto en su relato Ninfolepsia: El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio encontró el miedo.
          No recuerdo quién dijo que el silencio podía pasar cómodamente entre dos amigos –piensa el hombre del tiempo–, pero no me importaría que siguiera pasando igualmente entre desconocidos. El problema es que esa forma de relacionarnos con otras personas que llaman naturalidad no es algo propio de todos los seres humanos. ¿Qué pasa con los que estamos cómodos en silencio? No tengo por qué odiar a esta compañera de ascensión, no quiero despreciar su discurso, ni temer sus agravios intencionados o accidentales. En esta vida nuestra en sociedad se exige el intercambio de información para ser correcto, una demostración de interés adecuado, en su punto, no dar con la medida justa supone caer en la indiscreción o el desprecio.
            Tal vez el hombre del tiempo no diga nada –lo que podrán interpretar como un rasgo de vanidad–, o responda de forma desmesurada –convirtiéndose en un desequilibrado más–, o simplemente busque la frase hecha que sirva para el caso. Carraspea, pulsa el botón.

Publicado en El Comercio

domingo, 31 de julio de 2011

PIPPI SALANDER


Hace unos años, el lector de superventas que entraba en los lavabos de un bar y se encontraba la puerta cerrada sabía que detrás se escondía un cátaro o un templario, como mínimo un masón realizando oscuros rituales; los libros más vendidos ya habían descubierto todos sus secretos, por mucho que el oscuro individuo saliera luego al son de la cisterna con cara de alivio y ligera embriaguez.
  Últimamente, los hombros de cualquier habitante de las playas estaban bien desarrollados después de acarrear cualquiera de los tres libros que conforman un éxito editorial que sigue imponiéndose: Millenium, la trilogía del escritor sueco Stieg Larsson.
Celebro que los gustos hayan cambiado. Aquellas novelas de códigos ocultos y conspiraciones mundiales por doquier albergaban situaciones tan verosímiles y bien documentadas como esa en la que un discreto personaje —gigante albino con traje de monje que pasaba totalmente desapercibido por los centros comerciales— se escapaba de una prisión de alta seguridad ¡de Andorra! (ya saben ese principado tan bien conocido por sus penitenciarías).
Las de Larsson son novelas negras actuales con tramas muy trabajadas y personajes construidos con virtuosismo de fumador empedernido. No sé si la cabeza de Larsson engendró antes a Lisbeth Salander o todo lo demás, pero sin duda esa heroína atípica devora al resto de caracteres. En realidad Lisbeth es una Pippi Calzaslargas adulta.
En los libros de los años setenta el personaje de Astrid Lindgren que popularizó la tele se llamaba Pippa, (por cierto, otro título de esta autora es El detective Blomquist, ¿les suena de algo?). Siguiendo con obvios suecos, es imprescindible mencionar a Henning Mankell y su Wallander y recordar a Lars Gustafsson (El tercer enroque de Bernard Foy, por ejemplo).
Stieg Larsson murió porque no funcionaba el ascensor, cuando subía las escaleras su corazón de fumador recalcitrante no pudo aguantar, se paró antes de llegar al piso superior, donde la fama internacional abrió la puerta ya tarde para él, a tiempo para los lectores.

Publicado en El Comercio

miércoles, 22 de junio de 2011

ASCENSOR


El ascensor es la cápsula de vacío. No importa si subimos un par de pisos o vivimos en un rascacielos neoyorquino para convertir esa caja con botones y espejo opcional en nuestra particular cámara de descompresión, donde dejaremos que el cuerpo libere los efluvios tóxicos del espacio laboral como buceadores exhaustos de tanto explorar el arrecife coralino o astronautas de voz metálica con los dedos agarrotados después de una ardua faena de precisión sin gravedad.
Nos quitaremos los guantes de neopreno para pulsar el botón y dejaremos que el cuerpo vaya adquiriendo el tono hogareño de descanso necesario.
Pero el ascensor se detiene antes de lo previsto para que un sonriente señor se cuele en nuestro habitáculo con su camiseta, bermudas y chanclas a juego. Y no viene solo, a modo de feroz compañera trae en sus manos una señora tortilla de patata como una rueda de carro cuyos aromas la preceden, me interceden y embuten el ascensor hasta tal punto que en apenas dos segundos se ha convertido en el camarote de los Marx. Y yo sin comer.
Siempre me pregunto de qué hablaría Groucho en los ascensores, qué frases ingeniosas reservaría para esa situación en que parece obligatorio hablar del tiempo (meteorológico). En este caso el exceso de salivación no me permite articular palabra, creo que mi cara es suficientemente expresiva sin abrir la boca, ya me responde el señor mientras pulsa un botón.
Tiene buena pinta, ¿eh? Todo de casa. No hay más que ver el color del huevo. Y las patatas, bueno, vamos, es que se deshace en la boca. Voy a casa de mi nieta, que me espera para comer.
Y el señor abre la puerta. Y se va. Sin final feliz. No hay pincho de tortilla de consolación. Quién fuera lobo en esta nueva versión de Caperucita. O cazador de patatas al menos. Me espera el forraje correspondiente, verde multicolor en plena operación bikini, o bañador, o lo que sea.
Sigo subiendo, abrumado por esa fragancia que se deshace en la boca y eso que cruje a mis pies. Los traidores Pulgarcitos de la playa lo llenan todo de granos, seguros de que al día siguiente sabrán volver a sus vacaciones.

Publicado en El Comercio