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miércoles, 23 de enero de 2013

ÍNTIMO Y PROFANADO



Hay obras de arte que consideramos propias, tan cercanas a nuestra vida cotidiana como una camiseta, la taza del desayuno o esa cuchara favorita. Esta asimilación de lo ajeno como propio y personal nos puede llevar a estados coléricos —si alguien ha cogido nuestra servilleta— o a viajar a Dublín para disfrutar del Bloom’s Day (ese día en que los admiradores del Ulises de James Joyce se juntan para emular los pasos de sus protagonistas).
Lo bueno de estas preferencias es que funcionan de una manera muy íntima, casi privada.  El círculo de iniciados puede formarse de una persona o de unos cuantos iniciados que conocen perfectamente el código compartido. No hay que explicar nada, puede haber intercambio de pareceres y enfrentamientos: todos tenemos un profundo conocimiento del mito.  Ese público que ha sido capaz de disfrutar en sus asientos más de cuatro horas con las dos películas finales de Harry Potter puede ser muy diverso pero comparten una pasión personal.
Lo que a veces se convierte en algo traumático es el paso de lo que consideramos íntimo a una forma artística de dominio público. La fama lo pone al alcance de cualquiera,  la conexión se pierde, ya nada es lo que era, etc.
Steven Spielberg conseguirá realizar su película sobre los cómics de Tintín a fines de año, gran estreno navideño. Si las adaptaciones que hicieron para la televisión ya me parecieron flojas, una película americana me parecerá un fraude, lo digo como fanático de los cómics de Hergé, para pasar el rato con mis hijos las películas de Tintín no están mal (les incito a leer, contándoles cuánto hay en el libro que se pierde en la tele, y funciona).
Sin embargo hay un arte íntimo que consideramos universalizado, y creemos que todos deben conocer, y siento como una carencia aborrecible que alguien no sepa quiénes son Les Luthiers, no haya leído El señor de los anillos o El sueño eterno. Luego está la profunda envidia ante quienes disfrutan por primera vez de esas obras cuya parte de triunfo está en lo inesperado. Quién pudiera sentirlo todo por primera vez, sin tener Alzheimer.

Publicado en El Comercio

miércoles, 26 de diciembre de 2012

ORIGEN DE LA FICCIÓN


En algún momento de adolescencia el tío Félix me vio inapetente y triste. Lo que quieren es que les cuentes mentiras, fascinantes y fabulosas, pero que parezcan verdad, dijo mientras removía los pimientos. Con valor, con ganas, como si te fuera la vida en ello, el saber contar. Y seguía removiendo la cazuela.
      Ese podría ser uno de los principios para admirar la ficción como género necesario en la vida humana, no solamente para investigar las variaciones de los fenómenos sentimentales -ese renovado aparato locomotor del quinceañero-, sino como vertiente alternativa ante cualquier situación. Aunque ya saben que todo exceso acaba por convertirse en un defecto: el que ha desarrollado de forma incontrolable la recreación de la verdad tal vez acabe habitando un mundo enajenado (sí, claro, o desempeñando un cargo público, me pueden decir).
      Los arqueólogos lectores pueden haber desarrollado sus propias hipótesis o estar en desacuerdo con esta: la ficción, esa mentira con apariencia de realidad, nació en las cuevas prehistóricas como un engaño absoluto. Los hombres primitivos pintaban en las paredes de las cuevas animales fabulosos o simplificados, formas genitales, símbolos primordiales de aquello que les proporcionaba el sustento: no sólo alimento, grasa, piel... El motivo representado era una muestra de la materia original necesaria para la supervivencia. Cómo no pensar que eso era un dios. Una deidad devorable y aprovechable hasta los tuétanos, un dios esencialmente útil.
      Seguro que llegó el alternativo comedor de hongos (un iluminado), o el alternativo poseedor de la verdad que quería mostrar la única luz a los demás, o simplemente el primero de los quiero-y-no-puedo, para utilizar aquellas imágenes a su interesada manera, contar una mentira con apariencia de hecho histórico y, de paso, inventar la ficción. Y, si los grandes motores de la Humanidad han sido el sexo y el poder, pueden imaginar sus razones.
      La literatura es un lujo, la ficción una necesidad, hagamos nuestras necesidades, dijo Chesterton. ¿Sería antes la ficción o la rueda?

Publicado en El Comercio

miércoles, 28 de diciembre de 2011

ARTISTAS



Mamá, quiero ser artista.
Pues claro, hija. Lo que tú quieras. Y fíjate, no me parece tan importante que hayas tomado esa decisión como el hecho de que al fin lo hayas hecho. La incertidumbre es lo peor para un cerebro inquieto como el tuyo. Y ahora dime por qué.
      Porque tengo los ojos abiertos, no estoy ciega, y mire donde mire no hago más que ver mediocridad, clichés repetidos una y otra vez, siempre los mismos con las mismas cosas, carentes ya no digo de genio, que de eso ya no queda nada, es que no hay un mínimo de talento creador, alternativo de verdad, resulta todo tan vulgar y aburrido que apetece dar lecciones, ponerlos a todos en su sitio, que es la masa, porque es lógico que los artistas quieran destacar, al fin y al cabo también yo necesito distinguirme entre los demás, diferenciarme para reconocerme, y que me reconozcan, porque es que no tienen ni idea, y yo tengo algo especial y lo voy a demostrar. Van a saber quién soy yo.
     Pues claro, hija. Y dime, ¿en qué campo vas a revolucionar el mundo de las artes? ¿Extraerás de enormes bloques de mármol caballos rampantes que ya estaban dentro, tan sólo apartando con escoplo y cincel la materia sobrante? ¿Vibrarán tus cuerdas vocales en los mejores teatros de Europa a mayor gloria de Verdi y Puccini? ¿O serán pinceles, brochas y carboncillos los que acompañarán tus trazos diestros sobre lienzos y otras superficies blancas? ¿Abstracta o figurativa? ¿O no será la pintura en tu caso? ¿La gran novela del siglo XXI está esperando para salir de las teclas de tu Olivetti? ¿La poesía? ¿El drama? ¿La interpretación, tal vez? ¿Seguirás el método Stanislavski o tendrá más expresividad un sólo movimiento de tus cejas que toda la gama de inflexiones verbales de Laurence Olivier? Ah, no, ya sé, la danza, ¿verdad?
     Pero qué dices de Puccini, ni Stanislavski, ni cincel abstracto... Mamá, que yo quiero ser artista, salir en la tele y ser famosa.
      Pues claro, hija.
      ¿Y quién es ese Olivetti?
      Pues claro, hija.

Publicado en El Comercio

miércoles, 21 de diciembre de 2011

ARTE DE COCINA


Me contaba una cocinera cómo había ido su cursillo de cocina para hombres. En la primera lección, preparando tortilla de patata, fue explicando paso a paso los distintos procesos: pelar y picar, poner aceite en la sartén, batir huevos, etc. Todo parecía controlado hasta que, llegados al momento en que las patatas estaban friéndose, dijo que se apartaban del fuego y se escurrían “cuando estén hechas”.
       Ya empezamos, dijo uno de los aprendices. A mí no me digas “cuando ya estén”, háblame de algo concreto: cuántos minutos, qué nivel de fuego, cuántos mililitros... Si tengo que saber cuándo están ya hechas las patatas ¿para qué vengo aquí?
        La mayoría de los participantes estaban de acuerdo con aquella apreciación, pero la cocinera también tenía una respuesta preparada.
        El problema es que hay distintas clases de patata, pueden estar picadas en diferentes tamaños, en recipientes variados y con diversidad de mandos de cocina, lo que intentamos es hacer una muestra que pueda servir para casi cualquier situación. Una comparación: cuando vas conduciendo el coche en segunda y puedes oír el motor muy revolucionado, seguro que puedes afirmar, por el sonido, que el coche “pide cambiar a tercera”, ¿verdad? Pues yo puedo reconocer por el sonido crepitante del aceite cuándo están hechas las patatas.
        Desde luego el cursillo debió ser de lo más jugoso, aunque lo interesante de esta anécdota es el debate de fondo: ¿la cocina es un arte o una ciencia?
        En su Arte de cocina, pastelería, vizcochería y conservería, publicado en 1611, el Cocinero Real Francisco Martínez Montiño se esmeró en definir con precisión de científico no sólo sus recetas (para las que a veces toma como medida objetos de uso cotidiano, véanse las tortillas de borrajas “cada una del tamaño de un as de oros”), sino también normas de protocolo en los banquetes, forma de administrar una cocina, selección de personal, etc. Quedan joyas como esa recomendación al elegir oficiales de cocina: que presuman de galanes, que con eso andarán limpios y lo serán en su oficio.
        ¿Oficio, arte o ciencia?

Publicado en El Comercio

miércoles, 29 de diciembre de 2010

ARTE POR PARTES


Cuando leo La familia de Pascual Duarte me importa un bledo que Cela escribiese sus obras en pijama o camisón de rayas, o que dijese no sé qué de las gallinas. Y Viaje al fin de la noche, es una de las novelas fundamentales del siglo XX aunque Celine acabara siendo un pronazi, antisemita y cabrón insoportable, merecedor de los más oscuros calabozos.
La criatura más ingenua y ególatra, ese tipo rastrero y manipulador, el borracho más recalcitrante, cualquiera de estos puede ser el perfil de un autor de grandes obras literarias. En cierta ocasión pude ver a un consagrado poeta entrar en un bar a la hora del café, pedir un whisky, vomitar a los pies de la barra antes de que se lo sirvieran, bebérselo de un trago y salir sin pagar, tan campante. Nada de eso cambió mi admiración por sus versos. Eso sí, como todo el mundo que vive en sociedad puedo pasarme horas cotilleando sobre la vida personal de los escritores, de los jugadores de fútbol o de mis ex (excompañeros, exmecánicos, exdentistas), y puedo admirar la trayectoria personal de este o la otra, o sentir un desprecio absoluto por aquel de más allá.
También es cierto que en algunos casos es muy difícil distinguir dónde acaba la persona y empieza la obra, o la idea que empuja su trabajo. Eisenstein o Leni Riefensthal fueron artistas al servicio del régimen. Queda a juicio del observador distinguir la calidad artística de sus obras.
Un famoso pintor abstracto, cuyo nombre no diremos (lo desconocemos porque esta información se autodestruirá en 15 segundos), supervisaba el traslado de sus obras para una exposición. Se le dio a entender que el tamaño sí importaba, cierto cuadro no cabía en la bodega del avión. Pidió nuestro artistazo una sierra, cortó el cuadro en dos y dijo: no pasa nada, ahora ya hay dos obras de arte, por cierto, esta sierra es soberbia.
¿Ustedes creen que si partiéramos Las Meninas o el Guernica tendríamos dos obras de arte? Pues eso, la obra es una cosa, el artista es otra cosa y la sierra la suelen usar los leñadores o los asesinos en serie.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

EL GRITO

Me desperté con un sobresalto y aparté el libro que se había dormido sobre mi pecho con una sensación de angustia nacida en los sueños pero aún pataleante en la vida consciente, arrastrándose por mi cabeza como barro informe y dispuesto a bullir con una forma determinada si era capaz de encauzar mis pensamientos y darle forma concreta a su naturaleza maleable. No era algo que tuviera que ver con el libro, era un viejo compañero bien conocido y releído, así que lo volví a colocar en la mesita con otros amigos de papel siempre dispuestos al reencuentro.
Me froté los ojos con la delicadeza, intensidad y meticulosidad del criminal profesional hasta que no me quedaron huellas posibles en la mirada y contemplé como cada mañana El grito de Edvard Munch, una vieja reproducción sobre la pared azul que intenta imitar el color del cielo, el exterior. Me pregunté, como siempre, si las manos que rodean el rostro calavérico sujetan las mejillas vibrantes del ser que grita al espectador o se posan sobre las orejas para intentar tapar el sonido interminable de esa boca abierta para el aullido eterno.
Cerré los ojos para oír mejor. Los sonidos de la calle que llegaban por la ventana anunciaban lluvia, tráfico, coches. Imaginé la intimidad del conductor disfrutando de la radio, o de los pasajeros del taxi, los viajeros del autobús, sus vidas posibles... No, es imposible ponerle término a algo desconocido con el planteamiento de un universo que, por minucioso y dilatado, llega a ser infinito. Tenía que levantarme.
Fue al ponerme las zapatillas cuando recordé el pálpito, por fin. Era una conversación con un amigo que decía aquello de Oscar Wilde: no midas a un hombre por sus amistades sino por sus enemigos.
Ya, sí, pero ¿quién es mi enemigo? ¿Y por qué voy a querer ser medido?
Y por qué tener enemigos, me preguntaba ya fuera de la cama, bostezando con toda la extensión posible de mi mandíbula batiente. Para qué una guerra. Levantarse con el deseo de que el día acabe pronto para poder volver a la cama es ya una forma de entregar las armas y sumirse en la rendición incondicional. Decía Cervantes que la memoria era la enemiga mortal de su descanso.
¿Dónde hallará descanso el hombre que huye de su propio demonio?

miércoles, 1 de septiembre de 2010

ARTIMAÑAS EN LA COLA

La cola del paro no tiene hilo musical. La crisis ha llegado a tal punto de austeridad ejemplarizante que no podemos malgastar el erario estatal en semejante trivialidad. Pero esta limitación del arte expuesto al público tal vez se pueda explicar de otra manera. ¿Qué pasa si al compás de una de esas ligeras cancioncillas unos cuantos miembros de la cola empiezan a mover las caderas con estudiada coreografía? Contagiarían al resto de desesperados y toda la oficina se convertiría en un espectáculo musical incontrolable para los funcionarios organizadores. ¿Cómo darle número de orden a un señor que agita los pantalones por encima de su cabeza?
    La situación de los protagonistas de aquella película titulada Full Monty era verdaderamente dramática, muy dura. Pero ese fondo doloroso se olvida durante unos momentos gracias a una serie de situaciones cómicas, empezando por el momento en que los desempleados deciden que su alternativa es convertirse en “boys”. Probablemente la escena más famosa es esa en la que están todos haciendo cola en la oficina de empleo —hombres corrientes, con sus vaqueros gastados por el uso y trajes que nunca estuvieron de moda —,  entonces suena la música y en el momento adecuado todos ellos hacen a un tiempo su movimiento sexy.
    ¿No recuerdan ustedes eso cuando están esperando ante la ventanilla del banco, o de Tráfico, o del Ayuntamiento, justo antes de pagar la multa? ¿No es esa una cualidad de las obras de arte? La fórmula que les permite llegar a formar parte de nosotros, de nuestras perspectivas más íntimas de la realidad.
    Como cuando distinguimos a través de la cortina de la ducha una sombra amorfa que se acerca y por un momento dudamos si será un psicópata travestido y con peluca. Y, sin salir del baño, quién pondría en duda al mirar en el espejo y ver todo el universo cotidiano reflejado menos su propia persona, que se ha convertido en vampiro. O ese deseo feroz, vertiginoso, ante el paso del tiempo y sus marcas, ante los rasgos de una vida consumiéndose que van profundizando la carne reflejada… ¿quién no deseó tener un cuadro en el trastero que fuera envileciéndose por nosotros, como El retrato de Dorian Gray?
    El hilo musical de Hitchcock, Wilde, Stoker, Kafka…
    Sí, señor Samsa, porque ¿quién no se ha despertado alguna vez sintiéndose como un bicho?