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lunes, 13 de mayo de 2013

HOMBRE DEL TIEMPO



¿De qué habla en el ascensor el hombre del tiempo? ¿Se sentirá obligado a decir algo para evadir responsabilidades? ¿Será capaz de guardar silencio a la espera de compañeros de viaje comprensibles? Pobre meteorólogo famoso en el ascensor, cualquier televisivo personaje en ropa interior estaría  más a salvo. Imaginen la tensión del silencio, la mirada inquieta de esa señora que –no lo puede evitar– acabará haciendo referencia a la situación atmosférica (vaya cómo está el tiempo, a este paso juntamos invierno con verano, etc), quién sabe si de forma consciente o por puro candor, pondrá en tela de juicio sus responsabilidades, su capacidad de predicción, oh entrañable señor del tiempo, siempre a merced de los vientos. No se ofenda, no tiemble, no odie a los compañeros de ascensor. En la educación mundana del niño se daba a entender que el silencio excesivo era indecoroso, lo más sensato es rellenar los vacíos con lugares comunes. William Faulkner hizo una pequeña reflexión al respecto en su relato Ninfolepsia: El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio encontró el miedo.
          No recuerdo quién dijo que el silencio podía pasar cómodamente entre dos amigos –piensa el hombre del tiempo–, pero no me importaría que siguiera pasando igualmente entre desconocidos. El problema es que esa forma de relacionarnos con otras personas que llaman naturalidad no es algo propio de todos los seres humanos. ¿Qué pasa con los que estamos cómodos en silencio? No tengo por qué odiar a esta compañera de ascensión, no quiero despreciar su discurso, ni temer sus agravios intencionados o accidentales. En esta vida nuestra en sociedad se exige el intercambio de información para ser correcto, una demostración de interés adecuado, en su punto, no dar con la medida justa supone caer en la indiscreción o el desprecio.
            Tal vez el hombre del tiempo no diga nada –lo que podrán interpretar como un rasgo de vanidad–, o responda de forma desmesurada –convirtiéndose en un desequilibrado más–, o simplemente busque la frase hecha que sirva para el caso. Carraspea, pulsa el botón.

Publicado en El Comercio

miércoles, 5 de diciembre de 2012

ERNESTO HEMINGWAY


Tuve que beber varios mojitos en la Bodeguita del Medio de La Habana. El primero, con aquel calor insoportable, cayó en dos tragos. El segundo fue un poco más lento, lo que pasa es que seguía haciendo calor y había empezado a conversar con el barman y los lugareños: el tercero llegó formando parte de la conversación. De los demás no puedo hacer recuento, vagos recuerdos con olor a hierbabuena y la risa de un tipo que parecía Hemingway.
    El 2 de julio se cumplen 50 años desde que el autor de El viejo y el mar usara una escopeta para acabar con su vida. Ernest Hemingway (Premio Nobel 1954) vivió casi veinte años en Cuba y era cliente habitual de la Bodeguita o del Floridita. Como es bien sabido, también vivió en España, dejando un testimonio escrito (Fiesta, Muerte en la tarde) que hoy en día sigue atrayendo a miles de turistas a los sanfermines de Pamplona.
     Orson Welles, otro americano enamorado de España, coincidió con Ernesto cuando este trabajaba en la elaboración de un documental sobre la guerra civil española. Orson, cineasta, dijo que eran prescindibles ciertas palabras para ilustrar unas imágenes que hablaban por sí solas. Esto provocó a Hemingway que dijo algo así como “ustedes, los afeminados chicos del teatro, qué saben de la guerra de verdad”. Orson hizo unos ademanes femeninos (eso debió de ser digno de ver) para responder a la provocación mientras afirmaba “señor Hemingway, qué grande y qué fuerte debe de ser usted.” Luego hubo un enfrentamiento físico y cierto destrozo de mobiliario.
     Al igual que William Faulkner, fue un escritor muy famoso en vida, con los beneficios y los vicios que esto pudiera conllevar. Decía Faulkner de Hemingway que nunca había escrito una palabra que pudiera enviar al lector a un diccionario (juzguen ustedes).
     En tareas periodísticas trabajó también como corresponsal de guerra. Un mal reportero, decían de él sus compañeros, corregía demasiado. Tal vez por eso es uno de los maestros imprescindibles del relato breve. De lectura obligada: El gato bajo la lluvia, Un lugar limpio y bien iluminado, Los asesinos.

Publicado en El Comercio