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miércoles, 12 de septiembre de 2012

LO NORMAL

Entré en la cocina dispuesto a desayunar y abrí el grifo para beber el primer vaso de agua de los dos litros que recomiendan beber al día. No salía nada. Qué raro. En uno de esos gestos automáticos que brotan cuando no sabes qué hacer abrí la nevera, pero estaba vacía. Mirando por toda la cocina tan sólo encontré un trozo de pan duro al lado del fregadero. Más que duro parecía fosilizado. Tal vez el hecho de estar más dormido que despierto podía explicarlo todo. Se hacía necesaria la cafeína.
    Vertí unos posos de café del día anterior en una taza y la metí en el microondas, pero no sonaba el zumbido habitual, tampoco funcionaba.
    Me fui al baño a ver si todo empezaba a funcionar cuando volviese.
    Me vi peor, como siempre. Cogí la maquinilla y la enchufé. Nada. Pulsé el interruptor, no había luz. Vale, habrá que alterar el orden, vamos a la ducha.
    El agua salía tan fría que al fin me desperté. Fría y marrón. Y cada vez menos, hasta que lo único que salía del grifo era un rumor oxidado, el eco de chirridos lejanos por las tuberías.
    Fui al teléfono para llamar a los del recibo, esos que nunca están en estos casos: la luz, el agua, el gas, el teléfono. Por supuesto, no había cobertura.
    Volví a la cocina en busca de mis vitaminas, acetilcisteína para los mocos, ibuprofeno, omeprazol, ansiolíticos, estimulantes. Sonaban estornudos desconocidos por el pasillo, toses de distintas edades, llantos de bebé interminables. ¿Desde cuándo vivíamos tantos bajo el mismo techo?
    Salí al balcón, había un montón de gente asomada a la ventana extrañada por lo que pasaba. Al menos no era el único. Y algunos ya habían pasado de esa primera extrañeza al consecuente progreso hacia la indignación: gritaban desde los ventanales exigiendo explicaciones.
    ¡Esto parece el tercer mundo!, chillaba una señora que se cubría con una manta. ¡Ahora entiendo lo de las pateras!, gemía un gordinflón en camiseta. ¡Me las pagarán!, añadía otro agitando el puño.
    Luego todo volvió a su sitio: agua, luz, comida... Pero, a pesar de que todo eso era lo normal en mi vida, no me sentía cómodo en la ducha.

Publicado en El Comercio

miércoles, 23 de mayo de 2012

CORRILLOS


Lo peor que le puede ocurrir a un adolescente desbocado es ponerse enfermo de verdad, no esa burda puesta en escena para maquillar una inconsistencia corporal, factura de los excesos de la jornada anterior, evocando lo terrible de una mayonesa en mal estado o los taimados asesinos que se esconden tras las barras, armados con viandas caducadas. No, todo eso no es tan terrible, lo verdaderamente trágico es enfermar hasta tener que quedarse en la cama.
        Allí estaba, febril piltrafa poblada de virus, enroscado y hundido en lo más profundo de un colchón de lana que apenas podía sostener el viejo somier de muelles, excesivamente mullido y chirriante; tan atacado que era incapaz de concebir el movimiento o detener en la cabeza la inflamada avidez de no estar allí. Pero, al fin humano más que hormona, el sopor físico pudo más que las ganas de vivir, rendidas en esta batalla pero dispuestas a la revancha, y ante la rendición se impuso orden de silencio. Quedó así el cuerpo en reposo vacío, atento a cuanto pudiera llegar de lo oscuro a su conocimiento. Pronto surgieron las voces.
        En pleno verano las noches eran aún muy calurosas y las ventanas se mantenían abiertas — ondulantes las cortinas blancas— en una calle escasa en farolas, llena de bultos sentados en las sombras. Bajo la ventana de abatido adolescente, el corrillo empezó a hablar de los temas más comunes. Eran adultos, puretas, viejos a vista de joven, gente mayor, con perspectiva, algunos sin tan siquiera una voz reconocible. Sí, había resonancias familiares, algunos claramente identificables, pero eso no era lo importante. De los temas comunes habían pasado a hablar de los jóvenes, lo que hacían o dejaban de hacer, sus relaciones, excesos, defectos, pasados y posibles. Lo sabían todo: los amores furtivos y las más sórdidas aventuras no eran ningún secreto para aquel servicio de información. La noche oyente se hizo corta.
Tal vez hoy ya no se formen esos corrillos, pero sigue muy presente la necesidad profundamente humana de saber del vecino, sea habitante de la puerta de enfrente o engendro de las tertulias televisivas.

Publicado en El Comercio

miércoles, 7 de diciembre de 2011

VENTANA CIEGA


Los ruidos de la bolera suben hasta esta ventana ciega, primero se oyen los golpes de la bola contra los palos y poco después la voz metálica de la megafonía que anuncia la puntuación. Lo interesante, claro está, es imaginar ese momento previo en que la bola ha sido lanzada y surca el aire con precisa parábola y vuelo en espiral, porque ese gesto sin sonido no llega de fuera, hay que sacarlo de dentro, visualizarlo como imagen sensorial. A veces, tras todas estas tardes disfrutando de ese campeonato de oídas, he conseguido ver con toda nitidez el lanzamiento, de forma que el impacto sonoro coincidía exactamente con el momento en que mi bola mental chocaba contra el bolo y resonaba seca la madera, la de verdad, diez pisos más abajo. Sí, algunas veces han coincidido ensueño y materia.
        Tampoco soy capaz de entender con claridad las voces que resuenan a través de la megafonía. Supongo que dirá tres, siete, lanza Paco... cosas así. Pero a veces son frases más largas. Tal vez no diga cuatro, sino charco, o parco. Pies, o fe, y no tres. En lugar de decir cuatro, treinta y nueve a cuarenta y cuatro, farfullará algo como palpo en sendas nieves alto pelagatos. Es posible que sea un rapsoda improvisando o una especie de humorista evidentemente incomprendido, porque desde luego no parece que el público aplauda su ingenio. Imagino que soy su único espectador en ese sentido, los que están ahí abajo -donde yo no puedo ver- sólo le entienden números, cifras, datos precisos, pero como aquí llega todo de una forma tan imprecisa tengo que rellenarlo de alguna manera, y creo que la opción de un aventurero de la palabra ante esa actividad con reglas muy delimitadas como es un deporte, es mucho más vibrante y ensordecedora para mi cabeza demasiado hueca a estas alturas, demasiado expuesta a rellenarse de sonidos aún más extraños y peligrosos que los llegados de fuera, raros, imprecisos, tergiversados, pero externos al menos, que no es poco.
        No son más que ejercicios de bisagras para pequeñas puertas de la percepción, como diría un William Blake ferretero. Qué puedes ver por una ventana ciega.

Publicado en El Comercio