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sábado, 11 de mayo de 2013

RELAJARSE Y MORIR


Pancho Cañón es una leyenda urbana que regresa por Navidad. Piloto de aviación civil en un país oriental –escancia el gel sobre la esponja con lágrimas en los ojos– nos contaba lo que para algunos de sus compañeros se había convertido en una broma del gremio. Su compañía, de un país árabe, hace vuelos a La Meca, y es un medio habitual de viajeros, lo suficientemente pudientes para pagarse el billete de avión, que acuden a la cita necesaria según su religión. La cuestión es que ya había habido varios casos de pasajeros que en el viaje de vuelta habían muerto. El perfil habitual eran señores mayores que ya tenían importantes problemas de salud antes de emprender el viaje. Parecía evidente que su forma de ver el camino de la vida –de acuerdo con su punto de vista religioso– era llegar a La Meca, ponerse en paz con Dios y estar dispuestos a morir. El problema para los pilotos era gestionar esa muerte en su nave al llegar a puerto.
            No nos extrañemos, uno puede ponerse en paz con Dios o coger vacaciones, que seguro que en cuanto baja un poco la guardia y asoma el mentón, llegará El Más Grande con un gancho certero para hacerle besar la lona. Las estadísticas demuestran que las parejas se separan más cuando llega el período vacacional, y eso es el final de algo, dijo el Doctor Zon. También se producen más infartos, contracturas, ciáticas, ictus, apoplejías... todo tipo de ataques o descubrimientos de lo peor tienen lugar cuando una persona se toma su  momento de descanso. Mientras estamos ocupados en nuestros quehaceres, con tanto por delante que no podemos parar un momento, entregados a ese ritmo de trabajo que marca el día a día, con una forma de gestionar el tiempo y la dedicación de forma constante, ponemos todo nuestro organismo en marcha, una máquina a pleno rendimiento.
            Oye una cosa, le digo al Doctor Zon compañero de tertulia, ¿los que alternamos algo para vivir un poco lejos del trabajo no estamos un poco libres?
            Ya ve usted, la vida solamente va bien o va mal durante un rato. Y luego empieza a ir de otra forma, como contaba Chuck Palahniuk.

Publicado en El Comercio

jueves, 10 de enero de 2013

BUSCADORES


No se asusten si en la próxima edición del diccionario de la RAE aparece el verbo “guglear” para definir una búsqueda por internet. Al fin y al cabo, para buscar lugares o rutas, resolver dudas lingüísticas, recetas de cocina para conquistar, soluciones a imprevistos, opiniones de usuarios o el calendario de la liga solemos utilizar el mismo recurso.
        La búsqueda es una parte esencial del ser humano que ha dado magníficos frutos como la rueda, el mando a distancia y el sofá azul, tal vez haya otros que sería preferible no haber descubierto, pero están ahí y forman parte del sistema. No son dos círculos concéntricos, ni una cruz, ni una estrella los que definen la nueva religión, es un interrogante, un gancho con punto: la búsqueda necesaria.
        Cuando nació internet sin saber que era el nuevo dios, las empresas no tenían claro si la gallina de los huevos de oro era un portal diverso, un servidor de mensajería o un buscador. La red siguió funcionando y dando oportunidades a los pescadores más capaces. Basándose en la misma esencia que ha dado tanto éxito a las religiones, la incertidumbre –una vez más– ha sido la triunfadora. Y no olvidemos que algunas religiones son las empresas más duraderas y poderosas del mundo.
Afortunadamente la busca también forma parte de lo cotidiano, y podemos presenciar maravillosas conversaciones como esta que tuvo lugar en un sofá azul entre marido y mujer, ante testigos:
¿Cómo se titulaba aquella película?
Como no me digas algo más...
Que la protagonista era una mujer... o un hombre...
¿Fargo?
¡Esa! Pues en esa hay una sheriff...
La reunión de amigos puede seguir sin prestar atención a este dato de conexión tan íntima y poderosa, dejarlo en simple anécdota y comentario chusco, pero no cabe duda de que el buscador más íntimo, el que sabe encontrar lo que nadie podría –ese tipo, esa mujer– es un hallazgo personal que no siempre se produce. Tendemos a un mundo dominado por las nuevas tecnologías, pero los códigos de las relaciones humanas siguen siendo misteriosos para cualquier explorador ajeno al pequeño círculo de confianza.

 Publicado en El Comercio

miércoles, 29 de febrero de 2012

SUPERSTICIONES


El reencuentro con los que han ido de vacaciones y vuelven con algo que contar da siempre para un rato ameno, sobre todo si el viajero es además un encantador de serpientes como Raimundo Caracol, capaz de disertar sobre la distinción entre espaguetis y tallarines durante horas divirtiendo al personal. Cualquier cosa puede ocurrir cuando dejan suelto en otro país a un humanista de su tamaño, lo que no imaginábamos es que llegara a tener tanta repercusión en los medios su dificultad para encontrar dónde comer (la integridad de cuantas personas y objetos se hallen cerca del señor Caracol hambriento corren grave peligro si no hay viandas en perspectiva); así fue como provocó aquel conflicto que un par de expresidentes del Gobierno intentaron resolver al más puro estilo John Wayne (y si hay que dar un par de galletas no pasa nada).
            Todo había ido bien en el país musulmán hasta que llegó el Ramadán y se complicaron las cosas.
            ¿Te puedes creer, dice Raimundo aún ofendido, que no se puede comer nada en todo el día, desde el alba hasta que se pone el sol?
            Es parte de su religión.
            ¿Religión? Y qué diferencia hay entre eso y entrar al campo o salir de la cama sólo con el pie derecho, o llevar un imán o un ajo en el bolsillo para atraer la buena suerte y rechazar la mala, o no cortarse las uñas en días con R para evitar dolores de muelas, cortarse el pelo en menguante para que no caiga, no corregir la novela hasta después de la eliminatoria porque traerá la desgracia, tirar monedas a pozos de los deseos, llevar algo rojo, algo de oro y comer lentejas en Nochevieja...
            Eso son supersticiones...
            Y ponerle velas a un muñeco para que no llueva, no comer carne los viernes o llamar por teléfono los sábados, no beber alcohol (Dios nos asista), ni comer cerdo o vaca, o cordero que no haya sido tratado con no sé qué rituales, comer una galleta con vino para encontrarse mejor... ¿Eso no es superstición?
            ¿No respetas ninguna creencia religiosa?
            Por supuesto, todas. Lo que quiero es que respeten la mía.
            ¿Y cuál es la tuya?
            Otra cerveza, por favor. ¿Tú quieres otra?


Publicado en El Comercio

miércoles, 2 de marzo de 2011

SOMOS LOS QUE ESTAMOS

No sé qué decir en los funerales, siempre me parezco ridículo. Busco la forma de expresar ese deseo de acompañar a los que siguen estando en su sentimiento de ausencia del ser perdido y acabo soltando esa frase hecha que suena a formulismo impersonal, pero es difícil decir con palabras más certeras y con la misma brevedad el mensaje claro: te acompaño en el sentimiento.
Esta situación, la de acompañante de los que han tenido una muerte cercana, es una de tantas que son mucho más fáciles de soportar para los creyentes en la otra vida, en los paraísos de la fe, en “verdades incuestionables” como el Más Allá. De hecho, la duda infantil ante la muerte de seres queridos, o ante su propia posibilidad de morir, es mucho más fácil de explicar con la idea del Cielo. Y también para los adultos, naturalmente.
No tengo la menor duda de que el Cielo existe para muchos de mis familiares y amigos.
No sé si lo contrario de ser creyente es ser descreído o incrédulo, antónimos según los diccionarios pero términos que de alguna manera reprochan, dan a entender que no puedes creerte lo más obvio, cuando en realidad lo evidente es que el que muere deja de estar.
La mayoría de las personas que me rodean creen en una entidad superior que está por encima de todo. Yo, no.
Y me encantaría estar seguro de la existencia del Nirvana, el Cielo, el Paraíso; de que podría tomar unas jarras de hidromiel con Jimi Hendrix y Aristófanes, rodeado de bellezas. O, lo más seguro, ir a parar al Infierno para que me dieran de latigazos y me hicieran perrerías. Sería maravilloso, estupendo estar seguro de que eso es posible: seguir siendo.
Pero yo no lo creo. No puedo.
De tanto pensar, por no acabar caballero andante o motorista descabellado, acabo haciendo un retruécano con el “ser o no ser” de Shakespeare que por tan repetido parece perder su sentido de fondo, el drama vital; con este poderío que tiene el castellano frente al inglés, un idioma que no distingue entre ser y estar, puedo explicar mi creencia con esta simple frase, tan cercana y casi ingenua: somos los que estamos.


Publicado en El Comercio