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miércoles, 17 de noviembre de 2010

PAPÁ, PAPÁ


Los parques infantiles parecen lugares seguros. Todos esos balancines, toboganes, columpios, barras de equilibrio, túneles, cabañas y pasadizos, han pasado unos controles técnicos para verificar que en ningún caso podrán dañar a sus pequeños usuarios. Las rodillas de los niños ya no están rojas todo el año, no sólo porque la mercromina está en desuso, es que estos suelos sintéticos acolchados para evitar rasguños son tan blanditos que al pisarlos parece sonar una nana y llegar el sueño. Hay fuentes cercanas, para que los niños se hidraten, y bancos accesorios para que mamás y papás puedan sentarse un rato a contemplar las evoluciones de sus hijos y charlar de todo tipo de temas serios o frívolos.
Estaba sentado en uno de estos bancos del parque cerca de los columpios, como tantos otros observando a nuestros retoños jugueteando, cuando oí a mi hijo que hasta hacía un momento parecía de lo más calmado sentado con otros niños, aparentemente charlando de sus banalidades infantiles. Gritaba: ¡que no! ¡que no!
Yo estiré la cabeza como un avestruz que otea el horizonte para descubrir posibles enemigos, pero este lo tenía demasiado cerca, de mi propia sangre. Mi hijo me vio y gritó: ¡Papá, papá, a que Dios no existe!
Los compañeros de juegos de mi hijo esperaban una respuesta, mis compañías de banco me miraban, todos los progenitores del parque guardaban silencio y volvían su atención hacia este padre. Algunos niños se habían quedado parados en su balanceo de columpio, o a medio camino en su descenso de tobogán, a punto de caer sobre el pañal mullido el bebé que daba sus primeros pasos. Se desplomaron varias palomas en pleno vuelo con un bote extraño de cuerpos vivos, balones con plumas llenos de aire caliente.
Pero cuando ya sentía mi cuello de caracol deslizándose húmedo de vuelta al caparazón, fui capaz de improvisar: ¡hala, venga, vete recogiendo, que nos vamos a casa!
Y las palomas echaron a volar, la gente a parlotear y los niños a saltar. Luego me metí en la pequeña sociedad de mi concha, aparentemente ileso.
Sí, los niños pueden sentirse muy seguros en sus balanceos, pero ¿quién protege a todos esos seres crecidos, los adultos?

 
 

miércoles, 3 de noviembre de 2010

FAMA


El público ya no sabe dónde acaba el cuadrilátero, ni los luchadores tienen idea de lo que es una defensa francesa o mantener la media distancia. Las reglas del marqués de Queensberry les son tan ajenas como un posible árbitro en su contienda y no tienen sonoros apodos como Bruce Seldon, el Expreso de Atlantic City. Ni siquiera luchan por llevarse una buena bolsa o por unificar su campeonato, no están en forma, no hacen sombra, dan golpes por debajo de la cinturilla, por encima del chubasquero, por donde pueden; simplemente se enfrentan físicamente uno contra otro y no lo hacen por la gloria o por amor, es pura rabia forjada en la frustración, el fiasco, los naufragios personales.
Con una situación semejante podríamos empezar una novela negra al estilo Luces de Hollywood de Horace McCoy, un paseo por la desvirtuación de los sueños de fama. Pero cuesta trabajo encajar estos golpes cuando no tienen lugar en un callejón de Los Ángeles sino en un patio de colegio español. Aunque no son niños los que se enfrentan, son los padres que estaban viendo el partido desde la banda, aquellos que gritaban las consignas a sus retoños, a los otros hijos, a los enemigos, al entrenador, al mundo, a ti que estás aquí cerca y no tienes ni idea, cretino, zorrocloco. ¿Estás hablando conmigo? Porque no veo a nadie más por aquí, iconoclasta. Ding, empieza el combate.
Tal vez sea inevitable que los padres quieran realizarse a través de los hijos o, cuando menos, que intenten evitar los mismos errores en sus pequeños para perfeccionar la estirpe y dar un nuevo paso en la evolución de las especies. Pero ¿cómo llegamos a creer que lo mejor para nuestros hijos es cantar en Eurovisión o salir en un anuncio haciendo malabarismos con un balón mientras se comen las natillas? ¿Será que soñábamos con ser Massiel o Maradona?
Contemplaba aquel combate sin reglas desde el otro extremo del patio, mientras mi hijo y otros como él poco deportistas jugaban a las canicas o a la “de-ese”, que no es la de-otro, es una consola de videojuegos para virtualizar los puñetazos y ser Batman o Indiana Jones por minutos. Me sentía ajeno a aquella discordia mal llevada. Los niños tienen que hacer deporte para divertirse, conocer reglas y descubrir las ventajas del trabajo en equipo.
Y, por supuesto, me conformo con lo necesario, no pido más que mis descendientes estén sanos y fuertes, que sean famosos, multimillonarios y me paguen las deudas para poder vivir del cuento de una puñetera vez. Y como alguien se ponga delante, va a saber quién es el Cercanías de Sotrondio. Ding.

miércoles, 6 de octubre de 2010

SUECA


El niño entra sin importarle lo que pueda estar haciendo su madre. Mamá, mamá, ¿qué es un homosexual? Pero, hijo, ¿no ves que estoy en el baño? Sal de aquí ahora mismo, ya hablaremos luego.
Para un niño de 7 años no existe el concepto de intimidad, o al menos no si es la referida a su propia madre. Aunque esa desaparición del terreno propio, esa disolución de la identidad que es la vida materna, no es lo que preocupa a la madre en ese momento. Necesita ganar tiempo. Se trata de un tema delicado. No es lo mismo explicar qué es un árbol caducifolio o un animal ovíparo, por poner ejemplos concretos, que abrir a los ojos del tierno infante un tema delicado que aún sigue siendo tabú para muchos adultos.
Estamos ante una mamá moderna, actualizada, versión 8.1. Lo primero que va a hacer es meterse en internet y buscar chats sobre el tema para consultar a los mejores especialistas, aunque es posible que esa “Doctora Marilín” sea en realidad un desconocido paquidermo de 50 años, poblada barba a lo Jiménez del Oso y sin ningún doctorado. Mejor buscar con Google, o en la Wikipedia; lo que sobra en la red es información, la cuestión es saber seleccionarla. ¿Pero esos testimonios son fidedignos? A saber quién habrá escrito esas patrañas. Mejor llamar por teléfono a una asociación de homosexuales oficial y hacer las consultas debidas. ¿Es adecuado abordar el tema a esta edad? ¿cómo se lo digo? ¿qué debo explicar?
El pánico que ha llenado el baño con mamá dentro no impide que vuelva a entrar el joven investigador. Venga, mamá, no te hagas la sueca. (De donde sacará este niño ese vocabulario). Eeeeh, oye, mamá, ¿homosexual y gay es lo mismo? Pues… sí. Ah, bueno, entonces no hace falta que me expliques nada. Pero... ¿quién te habló de eso?, pregunta mamá igualmente pasmada que aliviada. Uno de los mayores, en el patio, ya nos dijo todo lo que hay que saber de gays y fabianas.
Y mamá pudo al fin sentarse cómodamente, sonriente y libre —por unos preciosos minutos— de nuevos compromisos inesperados.
¿Acaso creen que han dejado de existir esas rutas espontáneas de información y aprendizaje que desde siempre han funcionado? Reyes Magos, homosexualidad, cromos repes... Toda cuestión es posible en el patio del colegio.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

BICICLETA


Ya dijo Fernán Gómez que las bicicletas son para el verano. Por eso hoy he venido al parque a pegarme la riñonada correspondiente para enseñar a andar en bici a mi retoño, uno de esos placeres incuestionables que otorga la paternidad. Porque las ruedecillas de apoyo están bien para descubrir el pedaleo, pero para llegar al equilibrio funambulesco sobre dos ruedas, a la verdadera libertad del ciclista, nada sustituye al brazo protector que aferra el sillín y recompone el movimiento. No hay más que deslomarse un poco, sudar a chorros y resoplar ante los habitantes de las terrazas, con sus cañitas y sus aperitivos.
    En El libro de mis amigos, Henry Miller reserva el último capítulo para su favorito: una bicicleta. Es curioso que un hombre que vivió intensamente, y escribió de igual manera, tras hacer un repaso de sus amistades y contemplando la vida ya lejos del desenfreno y la reyerta filosófica, con la calma que traen los ochenta años cumplidos, acabe por darle a las dos ruedas ese privilegio. Es curioso pero también es lógico, porque el que pedalea se eleva un palmo del suelo, flota en un equilibrio cíclico, se aleja del mundo circundante lo suficiente para verlo pasar con detalle, aislado, Robinson, pero con la certeza de que sólo tiene que echar el pie a tierra para volver a casa. Y seguro que Miller supo disfrutar como pocos de esos momentos de descanso necesarios para un intelectual combativo.
    Una caída. No pasa nada, Induráin. ¿Quién es ese? Cómo que quién es ese, mil rayos y truenos, a ti qué te enseñan en el colegio.
    ¿Por qué ya no se utilizará la mercromina? Cuando los veranos eran interminables y cabalgábamos a lomos de nuestras Orbea, Bicicross BH, G.A.C., Torrot, las rodillas y los codos estaban llenos de aquella tinta roja que marcaba los pequeños errores de una vida intensamente despreocupada, probablemente feliz.
    Hay que usar el clásico truco: la confianza traicionada por una buena causa. Suelto mi juguete sobre dos ruedas y veo avanzar a un ciclista seguro de que una mano le sujetará cuando pierda el equilibrio. Y sin necesidad de ayuda se aleja, solo.