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miércoles, 12 de diciembre de 2012

AL OTRO LADO



Como en el plano-secuencia de la película Reservoir dogs en el que la cámara sigue al Señor Rubio mientras sale por la puerta y se dirige a su coche, abre el maletero, coge una lata de carburante y, mientras se dirige de regreso al almacén, echa una ojeada a la calle en calma, abre la puerta y camina bailoteando para seguir con sus tareas: está torturando a un policía para intentar sonsacarle información, la gasolina es un instrumento más dentro de su sádico plan de preguntas y dolor. Ese es el tipo de escenas que realmente da miedo, pavor para quitar el sueño.
            Los buenos directores de cine no desperdician un sólo plano. No hay duda del mensaje lanzado por Tarantino, lo ha hecho en otras películas: tan sólo una hoja de madera o un tabique de ladrillo (una fina pantalla) separa lo cotidiano del horror. ¿Por qué tendríamos que sospechar de ese señor que va a su coche para coger algo? No hay nada raro en su conducta a primera vista. No podemos imaginar lo que esconde al otro lado de la puerta. Bueno, sí podemos imaginarlo, pero no tendríamos por qué tener fundamentos de sospecha.
            En la película Fargo, una mujer está viendo la tele en el sofá de su casa y de pronto observa con sorpresa, a través de la cristalera, a unos encapuchados entre la nieve que se acercan a la casa, parecen un poco desorientados, uno de ellos (interpretado por Steve Buscemi) se acerca al cristal y apoya las manos haciendo túnel para poder ver dentro sin reflejarse, de pronto saca una palanqueta de su bolsillo y golpea el cristal para romperlo, momento en que ella empieza a gritar consciente al fin del peligro que se avecina. Esta vez es tan sólo una hoja de vidrio la que separa un mundo propio bien conocido (un hogar) de un paraje humano mucho más amenazador que el frío y la nieve.
            Esas líneas divisorias son un tema habitual en el género negro, y el cine parece tener más facilidad para reflejar esa frontera imprecisa. Aunque a veces ni tan siquiera es madera, vidrio o metal lo que nos impide ver, son los propios párpados o la mirada hacia otro lado lo que nos hace cómplices.

Publilcado en El Comercio


miércoles, 2 de febrero de 2011

RING


El cine negro es refrescante en verano. Esas películas que producía la industria hollywoodiense en los 30 y 40, con miles de profesionales trabajando a destajo para contar historias que llevaran entretenimiento barato pero elegido al americano medio, en glorioso blanco y negro, están repletas de magníficos detalles de artesanía y otros recuerdos posibles.
Es viendo una escena de Kid Galahad (1937), cuando entre tantos sombreros fedora típicos de gánster llegan los chicos de la prensa, con sus sombreros de paja planos (boater, para que vean que me documento), ese atuendo el que me recuerda a Ring Lardner.
Murió en 1933, Ring Lardner, muy famoso en su tiempo como cronista deportivo de la liga americana de béisbol, admirado por Hemingway o Virginia Woolf, influyente en autores como Saroyan, Salinger, etc. Sus dotes para el humor absurdo se pueden apreciar en esta acotación para una de sus obras de teatro: el telón desciende durante siete días para significar el paso de una semana.
Sus relatos están cargados de ironía, de una gran capacidad para apuntar hacia lo más mundano y distinguir particularidades universales, diálogos tan habituales que parece que todo puede llegar a estallar mientras siguen fumando en pipa, te ríes, planean la venganza y el cuento acaba sin saber cómo.
Uno de sus hijos, James, murió en España formando parte de las Brigadas Internacionales: otro, Ring Lardner Junior, guionista, fue uno de los Diez de Hollywood al que consiguió “cazar” el macarthismo (aún así, ganó dos óscars y escribió el guión de El más grande, una película documental basada lógicamente en Muhamad Ali).
Siendo amigo personal de Scott Fitzgerald, era también muy dado a los bares, como lo demuestra esta anécdota. Después de tres días tres sin apartarse de la barra del Friar’s Club en Nueva York porque decía que no podía volver a casa en traje de noche, bebiendo solo en patética actitud, alguien se acercó para contarle un chiste, momento que aprovechó para irse. Poco después entró un habitual y gritó: Dios mío, ¡la estatua se ha ido!


Publicado en El Comercio