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miércoles, 3 de abril de 2013

SON LOS RÍOS


En aquellos tiempos el escritor contenía las ideas mientras buscaba huecos en la guardia de la gramática y disfrutaba del idioma, o hacía quiebros inesperados antes de pasarse minutos en blanco para decidir el término adecuado. En su lucha contra el espacio en blanco tenía dioses y héroes siempre presentes, algunos de los que incluso no era consciente por olvidados o mal leídos. Al final estaba el texto y, con suerte, una opinión justificada de amigos o colegas bienhallados en la patria del mesón. Ahora le encontramos, con suerte, en los supermercados, buceando en la sección de congelados y haciendo bromas absurdas. Aquí estoy, menos que cero, como decía Easton Ellis, ya sabes, el frío.
Estábamos allí entusiasmados todos con su primer texto publicado, breve pero celebrado en toda la extensión de la noche. Le daba palmadas en la espalda el que no tenía criterio y lo valoraba todo con un par, o las compañeras con textos publicados, o el amigo de la infancia, que estaba un poco desconcertado con tanto exceso, el amigo de miedos y trifulcas literarias, la chica que lo veía todo bien, el chico que todo lo veía mal y el intelectual de la barrera, siempre dispuesto a la polémica, el primero en hablar.
¿Pero cómo dices que escribes para cualquier lector haciéndolo de esta manera?
Es que yo no pienso en ningún lector.
Se escribe para uno mismo, dijo el intelectual de la barrera. Eso lo entiendo, pero no puedes pensar que todo el mundo puede entender lo que escribes.
Escribo para toda persona que sepa leer.
Ya, pero crees que todos pueden captar la metáfora de Manrique “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”.
cuando dice que
Es que no hace falta saber lo que es una metáfora para entender eso.
Fue aquella una magnífica velada. Llena de discusiones literarias comprometidas que estaban dispuestas al pugilismo y conversaciones de madrugada que afloran al principio de esta columna. El tiempo pasó y todos nos buscamos la vida. Espero más de ese tipo...

Publicado en El Comercio

miércoles, 24 de octubre de 2012

GOLES FUERA


Casi todas las obras geniales de la literatura sonaron como un gol fuera de casa: un triunfo personal decepcionante para la inmensa mayoría del público. Lo bueno del gol es que tiene una validez irrefutable, es un hecho claramente definido, mientras que una manifestación artística necesita de unos reconocimientos externos mucho más difíciles de concretar. ¿Quiénes realizarían la función de la portería, la línea blanca y los árbitros? ¿Acaso debemos pensar que el juicio de un crítico literario es tan sólido y fiable como los palos y el larguero? ¿que la rectitud de sus renglones es tan honesta como la línea de cal sobre la hierba? ¿O acaso ese trabajo de examen coincidiría más con el de los árbitros, y los elementos materiales estarían representados por las editoriales? ¿La red contra la que se estrella el balón no es otra cosa que las librerías? Resulta difícil establecer las equivalencias exactas porque la industria del libro es mucho más compleja.
         A pesar de que intento entrar en las librerías con orejeras -para no caer en la tentación de este vicio lector-, siempre acabo echando una ojeada aquí y allá, leyendo las solapas o contraportadas de los libros y seguro de estar perdiendo la gran oportunidad de mi vida si no compro la obra que tengo entre manos. Leemos expresiones como: la gran novela del siglo XXI, la voz más auténtica, el autor imprescindible, nadie como ella ha sido capaz..., nada de medias tintas, de obra maestra para arriba. Lo cierto es que no tiene nada de extraño que las editoriales intenten hacer atractivo para el público el producto que sostiene su economía -junto con la de libreros, escritores, correctores, diseñadores, traductores, distribuidores, etc- y todos sabemos que el lector empedernido no juzga el libro mirando la cubierta, ni tampoco leyendo un suplemento literario que no forme parte de su fe. Ese leyente recalcitrante sabe que el genio también se vende, no digamos el talento, se fía tan sólo de otros semejantes, y no todos,  sólo los de gustos compartidos o fiables, los que van con el equipo en los desplazamientos.


Publicado en El Comercio