Mostrando entradas con la etiqueta paraíso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta paraíso. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de febrero de 2013

CLUB 27


El club de los 27 es muy desigual. El legado de Hendrix y Morrison es glorioso, Kobain es el tercer rey mago en esa magistratura, el resto puede pasar a la historia de la música con cierta dignidad creativa o como buenos intérpretes, pero no tiene nada que ver. Si las discográficas se mueven, algo absurdo hoy en día puesto que esa labor la hará internet, Amy Winehouse puede llegar a tener el mismo calado que Janis Joplin.
Keith Richards, fundador y compositor fundamental de los Rolling Stones, uno de los guitarristas más legendarios, tremendo vividor, enfrentado a la ley por posesión y consumo de drogas en varias ocasiones, obligó a su grupo a suspender la gira porque trepando a una palmera de las que pueblan su propia isla se cayó y se partió una cadera.
Lección rock: sé creativo y capaz hasta el punto de tener tu propia isla (no esa que imaginamos, y con mayor facilidad si recurrimos a los paraísos artificiales que comentaba Baudelaire; no, señor, una isla de verdad, con sus poderes notariales y posibilidades de construir). Sí, sí, yo soy muy estrella de rock porque cuando subo al escenario todos me admiran y tal, no veas las fiestorras a saco que nos montamos. Bueno, vale, cuando tengas una isla me creeré que eres el amo, mientras tanto aprende del maestro.
Lección numero dos: ¿a quién admira Keith Richards? Uno de sus admirados y miembro también del club de los 27 es el bluesman Robert Johnson, aquel que emulando a Fausto vendió su alma al diablo para convertirse en maestro de la guitarra. Jimi Hendrix también le admiraba, como Eric Clapton o Neil Young (arriesgados pero vivos).
Lección número 3: ¿quién admira a Keith Richards? Cualquiera que siguiera el camino del exceso. Keith Richards no se queda a la zaga de ninguno, pero está ahí. Tal vez no guste su estilo o su cara, pero es una leyenda viva que sigue haciendo lo que quiere (o lo que puede su cuerpo, que ya es un hombre de edad avanzada).
Aunque, claro está, genios musicales hay muy pocos, ¿alguno de ellos está dispuesto a recibir lecciones?
Esta sirve para todos: solo tenemos el camino de ida.

Publicado en El Comercio

miércoles, 2 de marzo de 2011

SOMOS LOS QUE ESTAMOS

No sé qué decir en los funerales, siempre me parezco ridículo. Busco la forma de expresar ese deseo de acompañar a los que siguen estando en su sentimiento de ausencia del ser perdido y acabo soltando esa frase hecha que suena a formulismo impersonal, pero es difícil decir con palabras más certeras y con la misma brevedad el mensaje claro: te acompaño en el sentimiento.
Esta situación, la de acompañante de los que han tenido una muerte cercana, es una de tantas que son mucho más fáciles de soportar para los creyentes en la otra vida, en los paraísos de la fe, en “verdades incuestionables” como el Más Allá. De hecho, la duda infantil ante la muerte de seres queridos, o ante su propia posibilidad de morir, es mucho más fácil de explicar con la idea del Cielo. Y también para los adultos, naturalmente.
No tengo la menor duda de que el Cielo existe para muchos de mis familiares y amigos.
No sé si lo contrario de ser creyente es ser descreído o incrédulo, antónimos según los diccionarios pero términos que de alguna manera reprochan, dan a entender que no puedes creerte lo más obvio, cuando en realidad lo evidente es que el que muere deja de estar.
La mayoría de las personas que me rodean creen en una entidad superior que está por encima de todo. Yo, no.
Y me encantaría estar seguro de la existencia del Nirvana, el Cielo, el Paraíso; de que podría tomar unas jarras de hidromiel con Jimi Hendrix y Aristófanes, rodeado de bellezas. O, lo más seguro, ir a parar al Infierno para que me dieran de latigazos y me hicieran perrerías. Sería maravilloso, estupendo estar seguro de que eso es posible: seguir siendo.
Pero yo no lo creo. No puedo.
De tanto pensar, por no acabar caballero andante o motorista descabellado, acabo haciendo un retruécano con el “ser o no ser” de Shakespeare que por tan repetido parece perder su sentido de fondo, el drama vital; con este poderío que tiene el castellano frente al inglés, un idioma que no distingue entre ser y estar, puedo explicar mi creencia con esta simple frase, tan cercana y casi ingenua: somos los que estamos.


Publicado en El Comercio