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miércoles, 6 de marzo de 2013

PATRIA



Está bien que uno recuerde cuál es su verdadera patria, dónde estaría siempre dispuesto a volver para sentirse en casa y sólo dar las explicaciones necesarias para seguir hojeando el periódico. Lo dijo Bogart en una película, pero somos millones los que sentimos este lugar por nuestro: los bares.
El bar de la esquina puede ser el lugar de perdición de cualquier ser humano, como podría ser el supermercado, el gimnasio o la búsqueda del remedio contra el cáncer. Esta puede parecer una explicación superflua, pero hay quien está seguro de que ir al bar es malo, y empezar a definir el bien y el mal es algo que se escapa a las pretensiones de este breve texto. Puede convertirse en un lugar terrible si lo que está disponible para todos se ha convertido en algo imprescindible para vivir –a los ojos del acodado en la barra–  y lo que debería ser entretenimiento se convierte en necesidad. Pero también puede ser el lugar en el que las frustraciones profesionales se conviertan en éxito personal. O el entorno de tertulias del AMPA, donde madres de alumnos remueven el veneno lento que decía Voltaire mientras maquinan, con mirada torva y gestos de gánster, las próximas actividades extraescolares, salpimentando el crimen programado con chistes no aptos para niños. O el rincón de intimidad de quien necesita un poco de espacio propio cuando el hogar está lleno por todas partes de presencias que no le dejan coger aire. Tampoco hay mejor lugar para compartir glorias o derrotas deportivas. Y por supuesto es un lugar de encuentro para el amor, la discrepancia, el altercado intelectual y las confidencias.
Convertir un negocio de compraventa en un hogar cercano, hasta el punto de sentirnos como en casa —o el lugar necesario para el que precisamente no quiere sentirse como en casa— depende en la mayor medida de la persona que está tras la barra. Ser el jefe de estado y ministro de todo en ese país tras la barra otorga los títulos de nobleza más sinceros que pueda dar la parroquia. La consistencia económica del premio será lo que más importe, pero la parte emocional también existe.

Publicado en El Comercio

miércoles, 14 de diciembre de 2011

SOMOS DOS


Lo vi por primera vez hace unos años, un hombre todo de negro con capa, bastón y sombrero de copa. Estaba a punto de llamar la atención de mis compañeros de terraza veraniega sobre aquel curioso viandante cuando el hombre se volvió para mirarme. No tuve más remedio que seguir tomando el aperitivo sin decir nada de aquella aparición.
        Ese mismo verano, a media tarde en la playa de San Lorenzo, fuimos a uno de los puestos de helados que hay en el paseo. Justo al lado estaba un tipo con su gabardina a lo Bogart y el sombrero entornado tapándole los ojos, fumaba y mostraba cierta mueca de sorna mientras nos observaba elegir entre tanto cono, polo, corte y tarrina. De lejos pensé que podía ser un hombre anuncio de la Semana Negra, pero hacía ya casi un mes que había pasado, y al acercarme pude ver sus rasgos con claridad. Otra vez. No podía ser. Aquella gabardina con el calor que hacía, y la cara...
        Oye, le dije a un niño, ¿si tú fueras ese señor de la gabardina qué helado pedirías?
        ¿Qué señor de gabardina? Yo quiero un Batiscafo de fresa.
        Ese que tiene sombrero y está fumando, ¿no lo ves?
        El niño miró otra vez donde le señalaba, luego me dijo: has estado demasiado tiempo al sol, tú sí que necesitas un sombrero, quiero un Batiscafo de fresa.
        Mientras los gritos de los niños se alejaban camino de las toallas me acerqué a él, sabiendo por primera vez que sólo yo podía verle, y conocía perfectamente sus rasgos: eran los míos.
        En la literatura, Don Quijote y Sancho abrieron un camino que siguieron entre otros Holmes y Watson, pero sobre todo, a la hora de mostrar esa dualidad humana, depurando los rasgos hasta polarizarlos en dos individuos diferentes, tenemos que hablar de Jekyll y Hyde: un solo hombre dividido en partes opuestas.
        ¿Estaba ante mi sombra, como en el oscuro cuento del más sombrío Andersen? ¿Era mi Doppelgänger, un fantasmagórico otro yo? ¿Quién era yo y ello? Porque esa era la primera duda: ¿era el virtuoso Jekyll o el infame Hyde el que me miraba socarrón?
        Esto fue hace tiempo. Ahora, tras años de costumbre, ya casi no hay hueco para la duda.

Publicado en El Comercio

miércoles, 23 de marzo de 2011

DESTAPE


¿Qué pasaría si una joven guapísima, con un cuerpo de moda, absolutamente segura ante el espejo de que su belleza es innegable, se pusiera un día una trinchera a lo Bogart y decidiera hacer una exposición de sí misma, abriera la gabardina sonriente y los primeros viandantes espectadores le dijeran: qué andas enseñando, fea, adefesio, sosa de carnes? Tal vez su idea de convertirse en modelo, de vivir de su capacidad natural, se hundiera por completo en un charco de inseguridad y nadie supiese que sus curvas harían temblar de envidia a las mujeres más explosivas de la actualidad mediática.
La literatura tiene una parte de exhibicionismo. Esa persona que se enfrenta a la hoja en blanco y la va rellenando letra a letra, en un acto de soledad absoluta ante el mundo que se extiende por sus manos a medida que su mente lo concibe, no ha acabado su obra literaria. La obra acaba cuando ese texto llega al lector.
A algunos autores hay que convencerles de que su obra debe ser mostrada al público, a veces impagables amigos traidores como Max Brod o madres testarudas como la de John Kennedy Toole, nos permiten conocer La conjura de los necios o El proceso. Otros están seguros de la validez de lo escrito y afrontan o desprecian las críticas, contra viento y marea.
Al final, los lectores podemos considerar que el libro llegado a nuestras manos es válido o no, puede parecernos vergonzoso que una editorial haya dado cabida a semejante aberración o glorioso que se haya atrevido a publicar esto, o normal que lo hagan viendo los tiempos que corren. Podemos tener confianza en autores, en editoriales, en otros lectores, en portadas, somos el juez final.
Para muchos escritores, aún seguros de su obra, el paso de la acción íntima de creación a la exhibición impúdica de su libro es insoportable. Y es que hace falta valor o inconsciencia para llevar a cabo ese acto.
No me importan los inconscientes, este es un grito por los que tienen algo que contar.
¡Fuera esa gabardina! Hasta la piel sobra.


Publicado en El Comercio

miércoles, 23 de febrero de 2011

MORBOSO


Ayer se me apareció un hombrecito poco más alto que un bolígrafo y algo más grueso. Iba con chanclas, bermudas y una camiseta de los Ramones. Salió de detrás de la pantalla del ordenador, dijo que era mi conciencia y me sentí culpable.
A veces me dejo llevar por aquella idea de sexo, drogas y rockanroll cuando busco por internet la biografía de músicos admirados, esos truculentos archivos en los que tienen cabida datos estrambóticos como los que no pude dejar de almacenar cuando en un programa de la tele salía un tío con una barra de pan diciendo que era como el órgano de John Holmes (el actor porno de los 70-80 en el que se basa la magnífica película Boogie Nights). Yo buscaba en los canales algún entretenimiento que me permitiera tomar una cerveza y unos cacahuetes antes de decidir qué clásico en blanco y negro me refrescaría la noche, pero no pude evitar parar un momento mi pulgar decisivo ante aquella morbosa tontería. Sobre todo cuando dijo que Bogart, escondía bajo su gabardina una barra de pan de 24 centímetros, la talla que gastan actores porno como Rocco Siffredi o Nacho Vidal. Me pregunto quién tomaba esas medidas, porque los panaderos bastante tienen con levantarse a las 4 de la mañana y no me imagino a Lauren Bacall contando chorradas semejantes. El presentador iba recortando a pedazos la barra para mostrar sus datos contrastados y que todos pudiéramos hacernos una idea más rotunda. De vez en cuando comía un mendrugo y se partía de risa.
Con lo que me gusta a mí el currusco de la barra de pan por qué tiene que venir este tío a hacerse el gracioso, por qué no hace sus morbosas comparaciones con objetos menos cotidianos. Porque quiere trascender, dice mi pequeño muñequito-conciencia asomándose tras la jarra, el muy resabido.
Hoy no hay película. La tele apagada, fría y lejana.
Música del difunto Willy DeVille y más cacahuetes para brindar por su mejor vida mientras el muñequín se aburre sin poder aleccionarme. Váyase al cuerno.

Publicado en El Comercio