Mostrando entradas con la etiqueta televisión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta televisión. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de marzo de 2013

QUIÉN TIENE EL MANDO


La elección es un maravilloso ejercicio para la mente humana, activa ese músculo que no siempre está bien desarrollado: la decisión. Ambos procesos deben estar razonablemente compensados –si usted ha elegido ser faraón de Europa y su decisión es imparable probablemente el sentimiento de fracaso acabe dando con sus huesos en el sistema público de salud–. El más claro ejemplo de elección de nuestro tiempo es el mando a distancia.
        ¿Deberíamos poner el grito en el cielo al entrar en el quiosco y comprobar que venden indistintamente prensa del corazón o deportiva, pornografía o literatura? No lo hacemos, elegimos lo que queremos leer, lo adquirimos y nos vamos. Con el mando sólo tenemos que tocar un botón para seleccionar. Si un porcentaje de la población muy alto decide ver algo que consideramos indecente nos da a entender la condición humana y lo que puede crear la educación de las nuevas generaciones.
        Recuerdo lo chocante que resultaba hace unos años Jose María Carrascal cuando en el noticiario avisaba de que el comentario emitido a continuación era su opinión. Quién iba a pensar entonces que ese podría ser un modelo de honestidad para otros gestores de información con la misma ideología pero que se afirmaban objetivos. Así son las cosas y así se las hemos contado, decía uno con ínfulas; otros no mencionaban noticias que aparecían en todos los medios, o no incluían en los titulares lo que era un clamor popular; otro, bochornoso, afirmaba que la multitud aplaudía la llegada de un cargo público mientras se escuchaban claramente los silbidos en la retransmisión...
        Cantaba Santiago Asuserón en los ochenta, siempre dispuesto a la visión de futuro: Tal vez debiéramos permanecer algo más fríos / frente a la televisión / porque temo que del otro lado /nos pueden ver. Y ahora que podemos contrastar casi todo por internet no está mal que siga habiendo periodistas posicionados, que se definan como no paniaguados, que nos hagan contrastar la decisión: a quién queremos botar y qué pasa si votamos al contrario. Luego tal vez tomemos la decisión de pulsar el botón.

Publicado en El Comercio

miércoles, 10 de octubre de 2012

DEMOCRACIA 1984

No es el ciudadano medio el que debe ser vigilado en todas sus acciones —para controlar los desmanes están las fuerzas del orden—, son las personas que gestionan los intereses de todos los ciudadanos, los cargos políticos, los que no deben tener intimidad. Para eso han sido elegidos por el público.
La percepción del mundo de Eric Arthur Blair (más conocido como George Orwell) cuando escribió su novela 1984 no fue del todo certera en sus previsiones, sin embargo la sátira que basaba una perspectiva del futuro en el triunfo de regímenes totalitarios dio para una de las obras fundamentales de la ficción distópica. Los que sin duda no se equivocaron son aquellos que usaron parte de las ideas de la obra de Orwell para un programa televisivo de tremendo éxito: Gran Hermano. La televisión ha demostrado una vez más que la ficción más alucinante puede ser una realidad.
Hasta ahora, la idea de un ojo que todo lo ve aplicada a la orwelliana sociedad actual ha dado para rellenar horas y horas de emisiones televisivas, siguiendo las evoluciones de seres humanos seleccionados para dar el cante, peleándose por comida o tabaco o sexo, elevando la idiocia o el analfabetismo a pedestales nunca vistos. Pero, ¿por qué quedarse en ese uso lúdico ante un arma tan potente? La gestión transparente de los políticos es posible.
Ahora que algunos se sienten ofendidos y reclaman su presunción de inocencia, y empiezan a quejarse de que no se puede meter a todos en el mismo saco, es el momento de un gran hermano de los dirigentes, seguidos por las cámaras a todas horas. Técnicamente la posibilidad está ahí. Todas sus conversaciones, gestiones, movimientos, cambios de chaqueta y pantalón, chateos (virtuales y con vaso), “edredonings” o empujones para coger la mejor tajada... 24 horas al día en su canal favorito: Teledemocracia, la transparencia al poder.
Sí, claro el derecho a la intimidad, me dirán. Tal vez en el baño, y poco más. Todo ello gestionado por decreto. Es muy sencillo, si no está dispuesto a someterse a este seguimiento en todo momento no entre en política, oiga. 

Publicado en El Comercio 

jueves, 9 de agosto de 2012

ERRANDO HUMANO


Para muchos, rectificar no es de sabios, es una demostración de pusilanimidad, de endeblez o incluso de chaqueterismo. Lo que hay que rectificar es el pensamiento ajeno, doblegar voluntades y conseguir que el concepto de sabiduría de los demás sea un espejo de las propias cualidades del sabio que se precie. Errar no es humano, es para débiles.
            Leocadia era una futbolera de miedo. Su pasión por el deporte de los millonarios en calzoncillos era incontenible. Almacenaba datos con tal rigurosidad que era habitual recurrir a ella para solventar dudas existenciales (quién marcó el tercer gol en aquel partido de la temporada 85-86 contra el Madrid, por ejemplo). Una persona con tal devoción necesitaba los canales televisivos de pago para ver absolutamente todos los partidos, una magnífica excusa para ir a su casa y rodearnos de cervezas y canapés.
            Un día de esos en que el fútbol no nos había dado más que disgustos, llegados al mismo punto de indignación de siempre, se erigió Leocadia como paladín de esta causa: ¿por qué yo tengo que pagar para ver el fútbol y los que ven programas del corazón los ven a todas horas, gratis y en todos lo canales? Nos conjuramos todos bajo este lema, sólo para dejarlo correr al día siguiente entre los palos de la rutina. Pero Leocadia no lo olvidó.
            Me la encontré por la calle unos meses después. Muy cambiada. Resulta que había llamado a un famoso programa del corazón con intención de protestar por el indigno reparto del queso televisivo. Para poder entrar en antena tuvo que contar que había sido amante de no sé qué tipejo. Ya con su voz en off alumbrando a los contertulios, soltó su frase de reclamación, pero no le hicieron mucho caso; es más, tomaron su energía verbal como un rasgo aprovechable. En un par de días había recibido varias llamadas e invitaciones de programas para dar explicaciones de su aventura con fulano o mengano, en unas semanas ya formaba parte del ruedo rosa y aseguraba esto o lo otro, afirmando que tenía fuentes contrastadas que no podía revelar. Divina, ella. O diabólica. No sé, yo sigo errando humano.

Publicado en El Comercio

jueves, 12 de abril de 2012

ABERRACIÓN AL MARGEN


Aprovechando esos momentos que proporciona el verano a quien busca la sombra, me dejé caer bajo las lloronas ramas de un sauce acompañado por un libro prometedor, lo entreabrí al azar y empecé a leer uno de esos magníficos artefactos de precisión que elabora Ángel Olgoso, el microrrelato titulado “Los ojos”:
      Me sucede en ocasiones, al contemplar con detenimiento los ojos de mi esposa (ya a la venta la nueva y revisada edición de los “Cuentos completos” de Rafael Alberti, una nueva presentación de Ediciones Acme), que no veo por un instante su delicada forma almendrada, casi bizantina...
      Aturdido, lancé el libro por encima de mi cabeza y cogí un nuevo volumen que sin duda no me defraudaría, una recopilación de poesía española de todos los tiempos: los clásicos siempre nos ponen a salvo. ¿Hay algo más clásico que esto?
      Cerrar podrá mis ojos la postrera (muy pronto, en su librería, la esperada nueva novela de Edgar Allan Poe: “Amor paranormal”, de Ediciones Acme) / sombra que me llevare el blanco día...
Pero, ¿eran posibles semejantes aberraciones?
      No. Esta ficticia situación pretende llamar la atención sobre los mensajes de autopropaganda que asaltan las emisiones televisivas. Hay muchas películas concebidas como obras de arte, algunas incluso llegan a serlo (para aclarar este concepto acudan a su enciclopedia favorita, esto no es un mensaje de Acme Ediciones). Tal vez no podamos comparar las películas de Ridley Scott con Góngora o Quevedo, pero ¿por qué tenemos que tragar esos mensajes que aparecen en nuestra pantalla, anunciando futuros programas del mismo canal de televisión, cuando intentamos meternos en la piel del gladiador que lucha en la arena por su honor y la venganza?
      Las películas en televisión no son más que entretenimiento, un producto para rellenar horas de programación, como cualquier concurso, magazín, etc.
      Deberían incrustar la autopropaganda en el film. Cuando el gladiador grita a pleno pulmón Roma vincit, se vuelve hacia la cámara para añadir: pero si quieres ver vencedores, no te pierdas el nuevo programa de Acme TV.

Publicado en El Comercio

miércoles, 28 de diciembre de 2011

ARTISTAS



Mamá, quiero ser artista.
Pues claro, hija. Lo que tú quieras. Y fíjate, no me parece tan importante que hayas tomado esa decisión como el hecho de que al fin lo hayas hecho. La incertidumbre es lo peor para un cerebro inquieto como el tuyo. Y ahora dime por qué.
      Porque tengo los ojos abiertos, no estoy ciega, y mire donde mire no hago más que ver mediocridad, clichés repetidos una y otra vez, siempre los mismos con las mismas cosas, carentes ya no digo de genio, que de eso ya no queda nada, es que no hay un mínimo de talento creador, alternativo de verdad, resulta todo tan vulgar y aburrido que apetece dar lecciones, ponerlos a todos en su sitio, que es la masa, porque es lógico que los artistas quieran destacar, al fin y al cabo también yo necesito distinguirme entre los demás, diferenciarme para reconocerme, y que me reconozcan, porque es que no tienen ni idea, y yo tengo algo especial y lo voy a demostrar. Van a saber quién soy yo.
     Pues claro, hija. Y dime, ¿en qué campo vas a revolucionar el mundo de las artes? ¿Extraerás de enormes bloques de mármol caballos rampantes que ya estaban dentro, tan sólo apartando con escoplo y cincel la materia sobrante? ¿Vibrarán tus cuerdas vocales en los mejores teatros de Europa a mayor gloria de Verdi y Puccini? ¿O serán pinceles, brochas y carboncillos los que acompañarán tus trazos diestros sobre lienzos y otras superficies blancas? ¿Abstracta o figurativa? ¿O no será la pintura en tu caso? ¿La gran novela del siglo XXI está esperando para salir de las teclas de tu Olivetti? ¿La poesía? ¿El drama? ¿La interpretación, tal vez? ¿Seguirás el método Stanislavski o tendrá más expresividad un sólo movimiento de tus cejas que toda la gama de inflexiones verbales de Laurence Olivier? Ah, no, ya sé, la danza, ¿verdad?
     Pero qué dices de Puccini, ni Stanislavski, ni cincel abstracto... Mamá, que yo quiero ser artista, salir en la tele y ser famosa.
      Pues claro, hija.
      ¿Y quién es ese Olivetti?
      Pues claro, hija.

Publicado en El Comercio

miércoles, 1 de junio de 2011

MARX


En una entrevista televisiva de 1969, el presentador Dick Cavett le preguntó a Groucho Marx por su habitual pareja en las películas que le habían hecho famoso, aquella mujer de gran talla que solía hacer el papel de ricachona indiferente a merced de las triquiñuelas del inquieto fumador de puros con la ceja inquieta: Margaret Dumont.
Mordaz hasta la sepultura (Perdone que no me levante, dice su epitafio), Groucho menciona la escena de Una noche en la ópera que fue censurada en muchos estados de la unión en 1935.
Groucho llega cargado de maletas y ella le pregunta:
¿Tiene usted todo?
¡Nunca he tenido ninguna queja todavía!
Es de suponer que el contoneo de cejas de Groucho culminaría la referencia sexual para los censores. Pero no es así para nuestra cándida Marguerite, que en este y otros números ingeniados por los Marx acababa preguntando qué tenía de divertido lo que estaban haciendo. ¿Y esto se supone que es gracioso?, preguntaba. 
Un encantador de serpientes como Groucho Marx, que podría hacernos un informe meteorológico o un parte médico de cáncer de colon para partirnos de risa con esa labia, puede remontarse a su época dorada 30 años atrás y hacer bromas sobre la indolencia de una compañera de profesión, ella nos parecerá tonta y él ingenioso, nos reiremos un rato con esta maravilla.
Es lo bueno de la televisión, que de vez en cuando encuentras algo divertido y cuestionable.
Y como en los telediarios sólo dedican un par de minutos a noticias culturales, como la pasarela Cibeles, ese imprescindible evento que a todos nos cambia la vida y nos hace mejores personas —fíjense ustedes cómo levanto las cejas y fumo el puro—, tendré que hacer la comparación con el mundo de la política y preguntarme por cada Groucho Marx (ególatra, brillante y despiadado) cuántas docenas tenemos de Marguerites/os Dumont dispuestos a dar la réplica, a seguir el juego para que el número continúe, sin enterarse de nada de lo que está en juego ni ganas de preguntar qué gracia tiene lo propuesto mientras dure la comedia. Porque además sus números no dan ninguna risa.

Publicado en El Comercio

jueves, 25 de noviembre de 2010

PAPELES EN EL BUZÓN

A Manuel Alexandre

Hice mi papel. Cogí del buzón los folletos repletos de maravillosas ofertas, marqué los productos más selectos y los compré todos. Esa noche vimos el telediario en una pantalla descomunal mientras hacíamos deporte de salón con los juegos interactivos conectados a auriculares inalámbricos. Llené los discos duros de datos que nunca volvería a revisar e instalé todos los programas piratas que pude descargar para evitar que otros filibusteros más avezados me copiaran las claves secretas de mi libreta de muelle. Soy un hombre de mi tiempo buceando en el acontecer cotidiano sin trampa ni cartón, dispuesto a morder el anzuelo y tirar del hilo para ver quién me toma por marioneta. Eso si no hay algo mejor que hacer. De momento, disfrutaba de los aparatos.
Cuatro días después mi buzón volvía a estar lleno de papeles que debía asumir. Nuevas y asombrosas ofertas tal vez mejores que las ya aceptadas. Imaginaba a los señores de rojo gritando ¡que se me va de las manos! mientras corrillos de gente seleccionaban lavavajillas y batidoras como leotardos y calcetines.
¿Debía reconocer mis errores y devolverlo todo?
Uno de estos vendedores, al más puro estilo Garganta Profunda, me contó que los fines de semana de mayo (llenos de bodas y comuniones) se vendía fácilmente una docena de cámaras, que puntualmente eran devueltas en su mayoría a la semana siguiente, una vez hecho el reportaje familiar. Somos unos clásicos, la picaresca es nuestro estado natural, esa desordenada codicia de los bienes ajenos que describía Carlos García hace 400 años.
¿Quién puede cambiar de ordenador cada semana? O de televisor. Los componentes de teléfono móvil están hechos para durar dos años, los de un electrodoméstico, diez, pero cada semana recibimos la propaganda correspondiente.
El papel que debemos asumir —ese sí que llegará— es un recibo. Procedente de la primera persona singular del verbo recibir, presente indicativo: yo recibo. Y ese que recibe dirige la obra, reparte los papeles, incluso por los buzones.
Por eso ahora estoy pensando en hacer un papel secundario, perdón, de reparto.