miércoles, 16 de noviembre de 2011

TRES PUNTOS

Cervezas, patatas, encurtidos de colores y una pantalla donde predomina el verde: el entorno de la reunión de amigos para un partido de fútbol no podía ser mejor, habiendo sofá para todos, hasta que llegó el primer gol y empezamos a gritar. Una vez más fue nuestro Raimundo Caracol el que llevaría la situación al extremo para convertir el piscolabis futbolero en un baño de sangre. Se levantó del sofá, saltó por encima de la mesa con un gesto que resultaba espeluznante, sobre todo para el anfitrión que vio su mesa partida en dos, y corrió por el pasillo (potopón, potopón, 134 kilos gritando GOOOOO...) para lanzarse al final de su galopada a una caída de rodillas, con la intención de deslizarse hasta un imaginario banderín de corner y brindar a la grada su extraordinario lance. Por desgracia, sus rodillas no resbalaron sobre el parqué, hicieron de freno y cuña para proyectar su cráneo privilegiado —como decía Antonio Orejudo de Ortega y Gasset, en su fabulosa novela— y la cabeza de nuestro Raimundo se incrustó en el radiador. !Gooo...!, todavía gritaba cuando hizo !clonc! para apagar nuestros gritos con un silencio temeroso. Regresó al sofá sangrando profusamente por el cuero cabelludo.
         Insistíamos en ir a Urgencias, pero el humanista Caracol dijo que no era nada, ofreció agresiones físicas a quien volviera a mencionar el tema y pidió una toalla para presenciar con un solemne turbante de rizo americano el resto del partido. Civilizadamente, hecha la faena por nuestro equipo, nos fuimos a Urgencias, donde la herida de Raimundo era una nota de distinción entre tanto coma etílico de adolescente incontrolado.
          Recordándole allí, sereno como un juez con su turbante casi rosa, es imposible no admirar de alguna manera esa entrega, esa pasión por lo que sientes propio hasta la enajenación, y hasta dónde te puede llevar.
          Cuando al fin le atendieron salió sonriente con un aparatoso vendaje a modo de casco. Preguntamos las complicaciones, ¿habrá que amputar?, ¿ya está redactado el testamento?
          Nada, tres puntos... Lo que necesitábamos. Hala vamos tomar una cerveza.


Publicado en El Comercio

miércoles, 9 de noviembre de 2011

TRANSPORTES


¡A tres euros de aquí, en dirección a los Campos Elíseos!, le grité al taxista. El hombre se rió un rato de mi chorrada y a pesar de los números del taxímetro que excedían en mucho mi escaso dinero me dejó al lado de esa cafetería que daba pinchos a troche y moche a todo trasnochador ovetense con hambre. Allí estarían los amigos perdidos por un momento de pasión.
          Los taxis forman parte de cualquier aventura ciudadana que se precie, dijo aquel productor de películas. Cuántas escenas de cine se han rodado en supuestos taxis: los protagonistas en ciernes de ser amantes o dejar su relación, los hombres de negocios a punto de resolver su discrepancia de malvadas maneras, ese recién llegado a la ciudad que se queda tonto con todo el paseo que le dan para llegar al hotel.
           Es fácil pensar que la realidad y la ficción son cercanas cuando te sientas en un taxi. Es inevitable pensar cuando viajas en un transporte público en las vidas ajenas, los que te rodean, los que han ocupado tu asiento. Pero un taxi es algo más personal.
           Cuando Paul Schrader, el guionista de Taxi driver, concibió a un personaje que perdía por completo los papeles de la rifa de los hombres equilibrados no podía pensar en un conductor de autobús, de tren o de avión. El contacto directo inevitablemente variopinto de un conductor de taxi nocturno en Nueva York era la madeja de su historia.
           No somos más que personajes en movimiento cuando cogemos un taxi, un tren o un avión, como aquel pensador maldito que rompió su vaso contra el asfalto y exigía del conductor una complicidad televisiva, o la señora del más alto cargo del comité olímpico internacional que dejaba caer sobre la moqueta su abrigo de visón y permitía que su criada se dirigiera a las azafatas para decirles que la señora de … no hablaba con el servicio.
           El tren es sin duda el mejor de los transportes públicos para la literatura. 

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miércoles, 2 de noviembre de 2011

CONSTANTE CONDÓN


No sé si era para una final de fútbol, carrera de coches o de motos, el caso es que nos juntamos media docena de recientes cuarentañeros de sexo masculino para desplazarnos al evento y disfrutar un par de días lejos de casa ajenos a las responsabilidades de esta segunda juventud.
Estábamos a punto de presenciar el evento cuando Lucio descubrió que su mujer le había puesto un preservativo en un bolsillo del pantalón. Lo descubrió al sentarse. Al menos eso dijo, aunque yo creo que ya lo sabía y quería compartirlo, a ver qué le decíamos. Eligió mal momento, porque con tanto ruido era imposible.
Lo primero que puedes pensar es qué mujer tan liberal, esto es una clara invitación al adulterio, a echar una cana al aire ya que te vas de viaje con los amigos a disfrutar del deporte en directo. Y si hay ganas las oportunidades aparecen de cualquier manera, se encuentran o se buscan, no hay problema.
Una idea más conservadora es el preservativo como protección por lo que pueda acontecer. Enfermedades de transmisión sexual o hijos no deseados son un riesgo a evitar. No se pone en tela de juicio la fidelidad, eso no preocupa tanto como las posibilidades de algo que de alguna manera se puede controlar.
Otra opción —que de alguna torcida manera me recuerda la lectura de La infancia de un jefe, de Sartre— es más enrevesada y podríamos titularla: Condón llamado Pepito el Grillo, con el subtítulo: la voz de la conciencia marital ante la oportunidad sexual. La estrategia no es tan complicada en principio: te pongo el preservativo en el bolsillo y si no vuelves con él es que algo pasó. Pero vamos a la parte compleja: tal vez se dé la circunstancia en que venga al caso utilizar el preservativo (ese arma latente en tu bolsillo). ¿Si eso ocurre no vas a recordar de dónde viene? ¿quién te lo ha puesto ahí? ¿qué responsabilidad se te supone?
Lo indudable es la madurez de ese acto. Sea por consciencia de las debilidades humanas, precaución ante lo que pueda ocurrir o maquiavélica presencia, me quito el sombrero ante esta mujer.
Pero calla, que empieza el ruido...

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miércoles, 26 de octubre de 2011

OTRO GOL


La pasión es necesaria: ese descontrol del sentimiento tiene que aflorar de alguna manera y, como somos animales humanos criados en un entorno social, vamos al fútbol; no siendo más que un espectador ante un partido es fácil perder los papeles, todos lo hacemos y nadie lo tiene en cuenta. No estamos sudando la camiseta, ni rompiéndonos las piernas contra otros chavales que viven del mismo negocio aunque sean por unos momentos el enemigo. Estamos sintiendo los colores desde la grada.
Todo está perfectamente establecido: silbamos o insultamos al contrario según capacidades, arengamos a los nuestros con los cánticos correspondientes aún dudando de su absurda rima, miramos el marcador atentos a resultados ajenos por si tenemos algo que celebrar, insultamos al árbitro y sus ayudantes como es debido, aplaudimos o abucheamos a los jugadores que cambian campo y banquillo mientras hacemos conjeturas sobre su posición y consagramos o condenamos al entrenador, celebramos los goles o nos abrazamos con euforia a desconocidos si la situación se había puesto tan tensa que nadie sabía dónde estaba su lugar, silbamos al palco, al entrenador... Vivimos, con pasión, un partido de fútbol en el campo, una de las situaciones más placenteras que se pueden disfrutar. Como oír un gran concierto, saborear el mejor cocido o ese que disfruta paseando con la ropa más elegante.
Es entonces cuando el hombre más indolente, ese señor discreto y tranquilo —no está claro si tímido o dicharachero— se convierte en Mister Hyde, se revela su Señor Oculto y sorprende a los que estamos cerca con gritos un poco más desalmados que los nuestros. Es evidente que somos muchos los que descargamos tensiones con el fútbol, sea por rabia existencial, estrés, hormonas desatadas, influencia mediática o aburrimiento de todo lo demás.
Olvidaremos nuestros miedos y dedicaremos todo nuestro sentimiento al partido, lo echaremos por la boca, gritaremos con todas nuestras fuerzas sin que eso sea algo fuera de lo habitual, tan sólo uno más. Todo por la boca gritando el gol necesario para vivir una semana más.

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miércoles, 19 de octubre de 2011

PRINCIPIOS


Llamadme Ismael, ¿alguien sabe qué libro empieza con esa frase?, dijo el profesor de Sociales de sexto; era el primer curso en el que teníamos un maestro para cada asignatura así que estábamos todos un poco desconcertados. Levanté el dedo y también lo hizo mi nuevo compañero de pupitre. Ese fue el comienzo de una gran amistad. En el instituto llamábamos Moby Dick a monstruos marinos más inquietantes, no creo que ninguno recordase en aquellos tiempos de hormonas descontroladas la novela de Melville.
No son los compañeros de copas, de trabajo, de aventura, eso no forma parte de lo establecido, son los amigos los que no deben darte la palmadita en la espalda cuando lo que te conviene es un buen sopapo, una frase bien definida para ponerte en tu sitio.
              Celebrando la amistad y haciendo honor a sus comentarios, debo dar unas explicaciones fundamentales que a mi juicio parecen obviedades.
Trampas y cartones no es una columna de opinión. En este periódico y en todos los que circulan encontrarán columnas de opinión —con las que pueden disfrutar, compartir, aprender, discernir e ilustrarse en general— escritas por personas capacitadas para eso: mostrar una opinión bien contrastada (o no) sobre determinados temas de actualidad.
Aunque a veces se traicione, el objetivo de esta columna es reflejar la realidad y apuntar sobre determinados momentos o situaciones que pueden provocar en el lector pensamientos críticos, cuestionar su entorno más cercano. Gran parte de las columnas están escritas en primera persona, porque esa forma de contar las cosas estrecha la relación autor-texto-lector, y lo sentimos más real.

Piensen en un escritor de novela histórica: ¿era el finlandés Mika Waltari un egipcio del siglo XIV antes de Cristo?
Ese que firma y sale arriba en la foto no es más que un monigote que pone la cara. El que vive realidades verosímiles, el que le da vueltas a las situaciones y las palabras para meterse en lo más íntimo del que lee y hurgar en sus principios, soy yo: el autor. Y vivo dentro de ese tipo, aunque soy otro. Y tengo opiniones, pero me las callo...

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miércoles, 12 de octubre de 2011

MY TAILOR IS RICH


No me extraña que algunos niños afirmen con los ojos como platos que su programa favorito de la tele son los anuncios. Condensar en unos segundos un mensaje concreto, cargado de información dirigida a un público determinado con la intención de moverlo a acciones de consumo, es algo que los publicistas han llegado a convertir en arte.
Lo que no entiendo es a qué vienen esas frases en inglés. Como ese en el que dicen la marca del coche y luego, en inglés: mueve tu mente. O te invitan a pimplar ron —invitan en el sentido de incitar a consumir; la pasta la pones tú, of course1— y luego te sueltan no sé qué en la lengua de Shakespeare. Está claro que quedan mucho mejor esas frases que, por incomprensibles, pasean discretamente ante nuestros ojos mensajes descabellados. Ropa auténtica de la gente salvaje, leemos (en anglo, naturalmente) en el elegante polo de ese señor mayor, mientras juega al dominó.
Parece que lo dicho en otro idioma, por absurdo que sea, es más fascinante. Como aquella chica que sonreía inocentemente vestida con una camiseta rosa en la que se leía, bajo el dibujo de un gatito: a las chicas calientes les gusta el rosa. Y más de uno, aún no sabiendo inglés, pudo comprobar que la chica era más bien fría, distante, ajena al paso del tiempo, carpe diem2 no estaba entre sus principios vitales. Más de un estudiante de intercambio se rindió ante ella defraudado. Chaise3, decía en teutón un Erasmus.
Todo esto puede resumirse en unos segundos como hicieron en un anuncio de no sé qué país nórdico —je ne se pás4— en el que toda una familia subía al coche (padre y madre delante, niño y niña detrás) y conectaban la radio para oír una canción que acompañaban con agradables sonrisas familiares mientras empezaban su viaje. Los subtítulos que traducían la canción eran una serie interminable de tacos que no borraba la ignorante sonrisa. Luego salía un rótulo que anunciaba clases de inglés.
Otros dirán que es mejor vivir en la bendita inopia, fucking nice, isn’t it?5
Y para que vean que aquí no hay trampa ni cartón, añado las traducciones pertinentes6.

1 Inglés: por supuestísimo.
2 Latín: vive al día, disfruta del momento, a por todas...
3 Alemán: mierrda, me equivoqué con esta chica y mirra que la camiseta parrecía bien clarra.
4 Francés: vaya usted a saber.
5 Inglés: fascinante, ¿no es ello?
6 Castellano: oportunas, adecuadas, las que vienen al caso, no sé si me explico.


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miércoles, 5 de octubre de 2011

EPOSTRACISMO


Nos pasábamos tardes enteras dedicados al epostracismo y ni siquiera éramos conscientes, a quién podía importarle el nombre -la palabra-, lo interesante era la acción. Se trataba de lanzar una piedra sobre el río de forma que diera el mayor número posible de botes sobre el agua. Había que buscar guijarros planos y redondeados, para proyectarlos a ras del agua dando un efecto de peonza con el dedo índice. Lo llamábamos hacer sopas o ranas. Ahora descubro que también se llama hacer cabrillas, la chata, el patito... y, ya en el colmo de la rimbombancia: epostracismo. Que sí, etimológicamente perfecto, pero no quiero pensar en las collejas que le pueden caer al relamido que proponga semejante juego (¡Vamos, niños y niñas, juguemos al epostracismo!, y plas). Además, estando la lengua viva, habiendo agua y piedras desde el principio de los tiempos, no tengan duda de que habrá cientos de nombres para esta actividad repartidos por toda la geografía mundial. Seguro que saben ustedes muchos más de los que aquí se mencionan.
           Hacíamos campeonatos donde el agua era más plana, normalmente debajo del puente -que años más tarde daría cobijo a correrías menos infantiles, más nocturnas, gozosas de otra manera-, o cerca de la presa, aunque allí había menos piedras donde escoger. Llegábamos a 20 saltos, en el mejor de lo casos, una verdadera proeza. Pero ahora uno se pone a buscar por internet y descubre lo serio y profesional que puede ser todo esto.
           Ya Homero menciona esta práctica en la Antigua Grecia, fíjense ustedes, somos un eslabón más de la cultura clásica grecolatina. Y de lo concienciados que han llegado a estar algunos epostracistas nos da una idea este dato revelador: el récord mundial en la actualidad, según el Libro de Récords Guinness, conseguido por un tal Russell Byars el 19 de julio de 2007, es de ¡51 rebotes!
           Lo tomemos como un acto trascendente o un pasatiempo, le pongamos el nombre que queramos, todavía somos muchos los adultos que al ver una piedra plana y redondeada pensamos en sus posibilidades para rebotar sobre el agua hasta hundirse.

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