miércoles, 18 de abril de 2012

MITOS HUMANOS


El diccionario de la RAE define “morbo” como el interés malsano por personas o cosas, y también como la atracción hacia acontecimientos desagradables. Tal vez esta definición es demasiado breve o es que “morbo” no es el término adecuado para esa atracción por la muerte del mito.
            James Dean o Marylin Monroe para el cine; Mozart o Janis Joplin para la música; John Kennedy Toole sin publicar su novela; Franz Kafka pretendiendo el olvido (menos mal que hay amigos traidores como Max Brod)... Todos conocemos a los mitos que murieron antes de tiempo. Los hay muy populares y otros de andar por casa: lo importante es que para algunas personas esos seres humanos tienen un significado fuera de lo comprensible o lógico para los demás. Acudiendo de nuevo a nuestro mítico diccionario RAE: persona o cosa a las que se atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen, eso es un mito. Y como somos humanos tenemos debilidades sobre las que la sociedad, de una u otra manera, nos exige cierto control. Por eso queremos saber de las debilidades de los mitos, su parte más terrenal, para sentir que no están tan lejos de nosotros, ni nosotros tan lejos de su estado de gloria. Luego llega ese chaval que se quiere suicidar a los 27 si no es capaz de tocar la guitarra como Jimi Hendrix, uno que escribe de sus borracheras emulando a Bukowski,  otro que viaja a Méjjico para probar el peyote en plan Jim Morrison o los que se suicidaron imitando a Kurt Kobain o por la muerte de Rodofo Valentino.
            La industria musical y cinematográfica ha sacado buen provecho de esos mitos humanizados hasta morir en plena juventud, de hecho algunos de ellos ni siquiera habrían sido recordados si no fuera por esa muerte temprana. También hubo mitos que tomaron el camino del exceso y fallecieron -o lo harán- de viejos, pero estos no parecen tan relevantes para un público dispuesto a consumir los restos del héroe: la muerte a destiempo del mito es la forma de consagrarlo. No olviden que algunos llevan siglos de ventaja en este negocio: sólo necesitaron dos maderos y tres clavos.

Publicado en El Comercio

jueves, 12 de abril de 2012

ABERRACIÓN AL MARGEN


Aprovechando esos momentos que proporciona el verano a quien busca la sombra, me dejé caer bajo las lloronas ramas de un sauce acompañado por un libro prometedor, lo entreabrí al azar y empecé a leer uno de esos magníficos artefactos de precisión que elabora Ángel Olgoso, el microrrelato titulado “Los ojos”:
      Me sucede en ocasiones, al contemplar con detenimiento los ojos de mi esposa (ya a la venta la nueva y revisada edición de los “Cuentos completos” de Rafael Alberti, una nueva presentación de Ediciones Acme), que no veo por un instante su delicada forma almendrada, casi bizantina...
      Aturdido, lancé el libro por encima de mi cabeza y cogí un nuevo volumen que sin duda no me defraudaría, una recopilación de poesía española de todos los tiempos: los clásicos siempre nos ponen a salvo. ¿Hay algo más clásico que esto?
      Cerrar podrá mis ojos la postrera (muy pronto, en su librería, la esperada nueva novela de Edgar Allan Poe: “Amor paranormal”, de Ediciones Acme) / sombra que me llevare el blanco día...
Pero, ¿eran posibles semejantes aberraciones?
      No. Esta ficticia situación pretende llamar la atención sobre los mensajes de autopropaganda que asaltan las emisiones televisivas. Hay muchas películas concebidas como obras de arte, algunas incluso llegan a serlo (para aclarar este concepto acudan a su enciclopedia favorita, esto no es un mensaje de Acme Ediciones). Tal vez no podamos comparar las películas de Ridley Scott con Góngora o Quevedo, pero ¿por qué tenemos que tragar esos mensajes que aparecen en nuestra pantalla, anunciando futuros programas del mismo canal de televisión, cuando intentamos meternos en la piel del gladiador que lucha en la arena por su honor y la venganza?
      Las películas en televisión no son más que entretenimiento, un producto para rellenar horas de programación, como cualquier concurso, magazín, etc.
      Deberían incrustar la autopropaganda en el film. Cuando el gladiador grita a pleno pulmón Roma vincit, se vuelve hacia la cámara para añadir: pero si quieres ver vencedores, no te pierdas el nuevo programa de Acme TV.

Publicado en El Comercio

miércoles, 4 de abril de 2012

TERRA INCOGNITA


Que llegue la luz hasta las zonas oscuras en torno a las figuras destacadas por los focos, que aparezcan rasgos desconocidos o nuevos rincones en la escena. Lo visto nos ha fascinado tanto que queremos saber más sobre los momentos no contados de los héroes y los malvados. No es nada nuevo, son muchos los que han recurrido a esta parte de la historia para dar contenido a sus narraciones, a veces de forma explícita, otras no tan clara. Todo lo que no es tradición es plagio, afirmó Eugenio D'Ors. Es indudable que Virgilio escribió la Eneida a partir de la Ilíada de Homero, pero ¿hasta qué punto son deudores los Sherlock Holmes y Watson, creados por Conan Doyle, de los cervantinos Quijote y Sancho?
       La tradición es la transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc., hecha de generación en generación, afirma el diccionario de la RAE. Tomar los textos conocidos y darles nuevas interpretaciones sería parte de la tradición: el autor de La Celestina leyó a Plauto, Terencio o Aristófanes, para crear algo nuevo y moderno en su momento que pasaría a formar parte de la tradición cultural occidental.
       Pero, con el calor que hace y toda esa gente que va a la playa para dejarse caer con desidia sobre la arena o mecerse entre las olas acostados sobre un neumático de camión que permite mantener a remojo las posaderas mientras la panza va tomando el color del centollo cocido, ¿a quién le apetece hablar de intertextualidad?
       En Las últimas voluntades del caballero Hawkins, de Jesús del Campo, leíamos qué vida adulta tuvo el joven protagonista de La isla del tesoro.
     Los lectores nos preguntamos dónde están los otros tomos de esa magnífica historia que es un buen libro, especialmente los escritores, y probablemente casi todos estos dirán que lo que querían hacer era dar forma a esa inmensa terra incognita.
       ¿Fue una joven casquivana la abuela de Caperucita Roja? ¿Murió de viejo y en la cama Lázaro de Tormes? ¿Qué hizo Leopold Bloom a partir del 17 de junio de 1904? ¿No les gustaría conocer la vida adulta de Huckleberry Finn?

miércoles, 28 de marzo de 2012

DETONANTES


Ocurre algo de pronto que pone en marcha el proceso. Puede ser imprevisto o formar parte de las rutinas, llovido del cielo o en el torbellino del café. El motivo externo puede ser algo visto por el rabillo del ojo, como decía Carver, o una anécdota vivida en persona, o contada por alguien que puede haber valorado o no sus posibilidades, que se esmera en contar lo acaecido con todo detalle o sin darle ninguna importancia. Puede ser una imagen, un cuadro de Lichtenstein, una fotografía, una película, la silueta doble de un viandante y su sombra o la estela de agua del niño que corre para entrar al mar antes de llegar a sentir frío. Los sonidos que llegan por la ventana, como los perros que ladraban en los cuentos de Rulfo. Una palabra escrita, remoloneando por ejemplo, o algún párrafo escondido en cualquier libro que evoca una idea completamente ajena a la trama que se plantea en la obra leída: algo personal se dispara y empieza a funcionar en la cabeza mientras las líneas de letras pasan ante nuestros ojos, sensores incapaces de informar al cerebro, esa hercúlea materia gris que está demasiado ocupada en otra cosa. Porque en el momento que esa determinación está tomada, cuando el detonante ha funcionado y está claro que en algún momento (“tal vez no hoy ni mañana, pero pronto y por el resto de tu vida”) habrá que escribir un relato a partir de ese motivo, la maquinaria empieza a funcionar ajena a todo. Se plantea cómo empezar, cómo terminar, cómo será el narrador, qué persona y cuánto sabrá, el tono, la cantidad de ironía o drama, la necesidad de personajes y cómo plasmarlos, los puntos de inflexión, el título... Y, como el proceso creativo ha explotado, el cuerpo -un bulto innecesario- apenas mantiene las mínimas funciones vitales que, cuando requieren labores sociales para mantener las formas, recurren a mínimas normas de cortesía, chanzas aprendidas, monosílabos de continuación, la retahíla que permite al habitante de un universo creador muy lejano mantener en pie a ese pelele abstraído en un mundo real.
Claro que otras veces no ocurre nada, como en una tentadora hoja en blanco.

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jueves, 22 de marzo de 2012

YOGUI ALLEN


Es curioso que se elija al estadounidense oso Yogui como imagen principal de la campaña publicitaria para uno de los pocos lugares de la Europa Occidental donde aún hay osos. No sé si los niños de ahora conocen las andaduras de este plantígrado dibujo animado de la factoría Hanna-Barbera que a mí siempre me pareció un poco soso. Era habitante del Parque Nacional de Yellowstone, la primera reserva natural del mundo, una idea (la de mantener una porción de terreno a salvo del gran predador humano) que sin duda era poco agradable para cazadores como Hemingway o John Huston -aunque siempre estaba disponible África para pegarle unos tiros al elefante de turno-. No se imaginan lo bien que queda y el gustazo que da posar los pies en una piel de oso al levantarse de la cama, supongo; que se lo diga uno de esos altos cargos gubernamentales o estatales que gustan de la montería.
        Pero volvamos a la idea primordial: qué símbolos queremos que representen a Asturias ante el mundo. Yo soy devoto de Woody Allen, por eso disfruto de sus películas siempre, sean mejores o peores que las anteriores; conozco su sentido del humor, su capacidad para reflejar lo más íntimo y personal o escrutar en la sociedad variopinta que rodea a la clase media, plantear cinematográficamente dilemas filosóficos o referencias a los clásicos grecolatinos de eterna validez, buscavidas entre nuevos ricos y todo lo demás. Pero para un gran público Woody Allen no es ese director genial sino el actor que aparece en las películas: un tipo que casi siempre está dudando de todo, empezando por sí mismo, y desde luego no tiene claro lo que le conviene. ¿Ustedes creen que las preferencias vitales de ese personaje serían dignas de confianza? Afortunadamente eso no es relevante, porque no se trata de convertirnos en otra Pamplona llena de guiris borrachos o un Benidorm más de lo mismo, lo que importa es el público culto, ese que naturalmente conoce la grandeza de Woody, lee a Kierkegaard cada noche y está dispuesto a venir aquí con perres abondo, siguiendo los pasos de Yogui y el inquietante Bubu.

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miércoles, 14 de marzo de 2012

CADAVÉRICOS


Todos tenemos cadáveres en el maletero, elementos que debíamos eliminar de alguna manera porque se habían convertido en un lastre insoportable y ocupaban demasiado espacio material —el sentimental ya para siempre será suyo—, unos centímetros cúbicos preciosos para estar en manos de algo (ese cadáver, digo) que sólo tendremos en cuenta un día caprichoso, tal vez nunca, cuando nos diese por acudir a ese recuerdo.
            De esta manera tan rebuscada intentaba darme razones válidas (infundirme valor) el día que decidí hacer una pira funeraria con todas mis viejas cintas de audio, banda sonora de mi adolescencia.
            Pero, tío —dice un personajillo vestido de cuero que se cuelga de mi hombro— cómo vas a tirar todo eso si son los sonidos de fondo de tus tiempos castigadores, cuando eras el puto amo, cuando te lo comías todo, tío.
            Hay que ver la de mamarrachos que alberga uno en la propia conciencia. Lo importante es que, a pesar de tirar todas mis cintas a la basura, conservé las etiquetas con los títulos de las canciones para al menos saber cómo había ordenado tanto tiempo atrás lo que ahora decidía destruir, una especie de rastro de lo que pudo ser. Porque mis grabaciones no eran copias de discos, algo fácil de conseguir en una tienda o en internet, sino mis propias selecciones de música, las que había considerado más adecuadas para acompañar determinados momentos de mi vida, como Rob (el personaje de Alta fidelidad, novela, película, busquen, lean, vean) construía mis grabaciones para mis momentos o mis posibilidades. Que esa posible conquista oyera a Sam Cook u Ottis Redding podía ser la diferencia entre todo o nada como cantaban Small Faces.
            Acabaremos la indigestión siendo “Hombres que se dejan barba con el afán de no reconocerse a sí mismos”, como decía Fernando Menéndez, mientras pinchaba un vinilo de Coltrane redondeando su certeza. Ya todo eso resulta inútil, hay que vaciar los estantes, hay que desocupar para dejar huecos: los hijos tienen que tener su espacio y hay que darse cuenta de todo lo que sobra, tal vez para acabar tragando este sinsabor, o tal vez no.


 Publicado en El Comercio